lunes, 24 de noviembre de 2014

Padova Stelar (segunda parte).

Ante lo que hubiera podido imaginar, llegué sana y salva al hostal ¡sólo preguntando una vez! (“Per favore… ¿dove si trova…?”) La temperatura en Padova no era del todo baja; durante el día había hecho bastante sol y esa noche no hacía demasiado frío, pero mi temperatura corporal, ante tal soledad y desasosiego (que soy de Andalucía, tengo que exagerar) estaba por debajo de la ideal. Esta vez en la recepción del hostal no estaba esa señora que se había negado a darle las llaves a mi excompañera de habitación, sino un hombriño que, más tarde, me daría una toalla for free, sin tener que pagar el euro que realmente costaba (supongo, por la carilla que me vería), y que volvió a asignarme la habitación G. 

Al entrar en la habitación, volví a encontrarme con Giulia, esta chica italiana que a la que le hubiera gustado haber ido al concierto de Parov Stelar pero que no pudo porque estaba trabajando, y que ahora estaba ahí, en su cama, estudiando con un libro bastante gordo. No esperaba mi llegada, pues ya nos habíamos despedido esa mañana, así que le estuve contando lo sucedido con mi autobusini perdido, y estuvimos un rato charlando. Me dijo, iba a tomarse un café antes de irse a trabajar, y me invitó a que fuese con ella. Salimos del hostal y nos tomamos un café en el primer bar que encontramos; un café, y un crep con nutella, a lo que Giulia me invitó muy contenta, y, decía, ahora sí que sí, se iba feliz a trabajar. Ella se fue a trabajar, no sin antes quedar en que quizás esa noche podíamos salir juntas y que, por supuesto, a la mañana siguiente desayunaríamos juntas en el hostal, y me quedé en mi habitación de seis camas pensando en lo sucedido, y, con más frío y mocos que suciedad, decidí postponer la ducha y no usar esa toalla que el amable recepcionista me había dado.

Al rato, llegó Sabrina, una chica alemana que estaba en Padova visitando a una amiga suya que estaba de Erasmus. Sabrina se acopló en la cama que había al lado de la mía, y estuvimos charlando de Alemania, los alemanes en España, de Gibraltar, Tarifa, y la inmigración. Sabrina había estudiado dos años de medicina, pero tras esto, había decidido cambiarse a psicología, y ahora estaba más contenta. Poco a poco, Sabrina iba hablando menos e iba recostándose más. Mientras, llegó una japonesa, que fue a tomarse un café a las once de la noche y, en cuestión de media hora, Sabrina ya me había dado las buenas noches, y la japonesa, café en estómago, estaba roncando.

Cuando Giulia llegó por la noche, yo estaba ya en siete sueños.

Así que fue por la mañana cuando nos vimos y fuimos a desayunar juntas al barecillo del hostal. Giulia, me dijo, está trabajando en un restaurante un poco chic de la ciudad, en el que está bastante contenta y, a la vez, está estudiando Química Orgánica. Ella es de Verona, pero trabaja y estudia en Padova, y está en el hostal esperando a que le den las llaves de su piso, al que en unos días se trasladará. Giulia es vegetariana y, debido al estrés de estos días, con el estudio, el trabajo y la vida en el hostal, últimamente está un poco baja de defensas. Así que, con el café y el croissant del desayuno, se tomó una serie de polvos que, según me explicó, le ayudan a tener las vitaminas y proteínas necesarias en épocas como esta. 

Tras el desayuno, yo tenía que abandonar el hostal y ella se sacó otra vez ese libro gordo para ponerse a empollar. Pero mientras yo me vestía y recogía mis cosas, Giulia guardó sus apuntes, se cogió la mochila, en la que se guardó el uniforme del trabajo, y se vino conmigo a enseñarme la ciudad. Así que eran las nueve de la mañana, y estaba yo en Padova, dando vueltas y sin parar de charlar con Giulia, que tiene dos años menos que yo, y que no paraba en ningún momento de sonreír. Ese día también brillaba el sol.

Estuvimos en la plaza más grande de Padova, que según me contó, es la segunda plaza más grande de toda Europa (tras la Plaza Roja de Moscú), y en la preciosa basílica de San Antonio, en donde entramos (a pesar de que, me dijo, ella no era religiosa) mientras daban misa y por cuyos alrededores había muchísima gente. También estuvimos viendo algunos edificios de la universidad, así como en un parque muy bonito junto al río. Giulia todo me lo explicaba, me databa algunas fechas de los edificios o personajes importantes que nos encontrábamos, y me recomendó que viajase a Verona donde, decía, parecía que estabas en mitad de la selva, porque había mucho parque y vegetación en la ciudad.



(Giulia y yo en la gran plaza.)

Estuvimos hablando de Italia, de lo gran cocineros que son los italianos en general, y de España, de Barcelona, de Picasso (otra vez), de Miró, del sol y de sus estudios; su madre quería que hubiese estudiado arquitectura, pero ella le había dicho que, si hubiese estudiado arquitectura, se habría ido al terminar a África, a construir casas con barro y con madera, y que prefería estudiar otra cosa. Así que me contó sus ganas de terminar Química e irse igualmente a África, a construir huertos con frutas, verduras y hortalizas con un buen conocimiento de la tierra del cultivo, y poder ayudar allí a los más necesitados. Por mi parte, le conté mis ganas de terminar medicina e irme a África con ella, a aportar mi granito de arena allí durante algún tiempo. 

Nos comimos un cannoli, un dulce típico de Sicilia, en un festival que había en pleno centro del chocolate. Y, tras esto, y tras ver un monumento conmemorativo del 11S (en donde había un resto de una de las torres, que había sido donado al ayuntamiento de Padova), Giulia me invitó a un café. Me dijo, ella era hija de madre Napolitana, y que en Nápoles, quién propone tomar un café, es quién debe invitar, y no puede dejar que la otra persona pague. Así que me invitó al café como buena napolitana, en una cafetería en la que decidió mirar el periódico para ver qué había pasado estos días por Italia.



Giulia empezó a reírse super asombrada, a reírse y a exclamar “mamma mia!”, y decir cosas en Italiano con la camarera de la cafetería y, periódico en mano, me explicó lo que acababa de leer. Resulta que esa noche en que ella llegó del trabajo mientras la japonesa roncaba y Sabrina y yo dormíamos cual lirones, había entrado un hombre en el Restaurante en que ella trabajaba; según el periódico, el hombre había dejado una nota en la que decía: “Lo siento, tenía hambre, he entrado y he comido algunas cosas, muchas gracias, no he hecho daño alguno”. Y el dueño del restaurante, había dicho a los medios “Le perdono, pero si quiere que vuelva y coma algo con más nutrientes”, o algo así. Giulia no cabía en su asombro y, me contó, su jefe era una gran persona; era rico, sí, pero sabía de las necesidades humanas, y era una de las razones por las que ella estaba tan contenta en este trabajo. 

Acabamos el café, y llegó el momento de despedirme de mi amiga italiana, que se dirigía al trabajo, con bastantes ganas para ver qué le contaban de lo sucedido. Me recomendó algún sitio a donde ir, y tras invitarnos mutuamente a Verona, Ljubljana, Padova y Málaga, nos dimos un abrazo, y nos dijimos adiós. 

Giulia es de esas personas que, sin conocerte de nada, te desean que pases un buen día. Lo hizo el día que la conocí en el hostal cuando yo (creía) me volvía a Ljubljana. Me dijo, “have a nice day”; y yo, soy de esas personas que, si me dicen have a nice day, probablemente esté mucho más cerca de tener un buen día. Así que tras desearnos mutuamente a nice day, proseguí con mi camino. 

Ya sólo me compré el biglietti del bus que esta vez no perdí, y me comí un trozo de pizza mientras esperaba al sol en una plaza céntrica de Padova.

El autobús esta vez lo cogí sin problemas, y llegué a casa, donde MJ me recibió, y donde estuvimos charlando con Jurij y Clemen, su amigo, de Parov Stelar, y de licores, algoqueaestosguirislesencanta.

Por la noche, tenía un mensaje de Elisabetta, preguntándome que qué tal me había ido el concierto, y que si había conseguido ir andando desde el hostal a la estación sin problemas. Le contesté diciéndole que todo había ido bien, pero no le conté mi percance ni que me quedé una noche más en Padova supongo, para evitar su preocupación (como cuando decides no contarle a tu madre que has cogido un catarro, para evitar preocupaciones extras). Y ahora, antes de escribir esto, he visto que Giulia había posteado algo en Facebook: anoche, cuando llegó al hostel, se encontró con una chica (más pequeña) en la calle, que necesitaba ayuda y no tenía dinero para el hostal; ella, la ha acompañado a la estación de autobuses y ha estado esta noche con ella hasta que llegase su autobús por la mañana pues, dice, tenía un poco de miedo. 

Grazie mille, Giulia.

¡Tened un buen día!

Padova Stelar (primera parte).



Mi historia de este fin de semana comienza en la estación de autobuses de Ljubljana. Es ahí donde había quedado el viernes con Elisabetta, la dueña de ese Honda Jazz rojo que haciendo BlaBlaCar me llevaría a Padova. El motivo por el que este fin de semana iba a Padova (en el norte de Italia, a tres horas en coche) era para ir a un concierto de Parov Stelar. Me encontraría allí con Félix, un alemán de mi clase, y con otros tres alemanes: el guapo de Andreas, Jana y Xenia.

La razón por la que yo no había ido con mi nueva pandilla alemana hasta Padova (una de ellas) es que el mismo viernes, tuve un examen oral de Ophtalmology, el cual aprobé (¿exitosamente?), y con cuyo profesor hablé de Picasso. Así que mi viaje a Italia sería una buena forma de celebrar ese aprobado.

Elisabetta me llamó por teléfono un poco enfadada; estaba esperándome, y no me veía. Yo también la esperaba a ella, pero la estación de autobuses está con la de trenes, y no nos fue fácil. Me dijo, había estado gritando en mitad de la estación a todas las chicas que veía, “Celia, Celia!” y, según ella, la gente la miraba como si estuviese, o borracha, o loca. Y ella no era ninguna de las dos cosas.

Elisabetta era una señora de unos 55 o 60 años, que viajaba con su prima de copiloto (que sólo hablaba italiano) y otra señora a la que acababan de conocer, que también iba usando el BlaBlaCar y era de Croacia. Parecía que estaban hechas la una para las demás; pegaban muchísimo. Eran tres señoras con sus abrigos y sus maquillajes que venían, la croata de trabajar, y la prima de Elisabetta del dentista (¿). Elisabetta, tras disculparse por su cabreo inicial conmigo, hizo amistad hablándome en español todo el rato. No sé en qué trabajaba, pero era aficionada a la arqueología (no le pegaba ni con cola). En mitad del camino, hicimos una parada para ir al servicio, y a Elisabetta se le ocurrió la idea de cambiar la maleta que viajaba atrás con la croata y conmigo y meterla en el maletero para que viajásemos más cómodas. Su prima y la mujer de Zagreb se quitaron del medio para hacer sus respectivos pises y ahí me quedé yo, ayudando a Elisabetta, que sacaba todas las cosas del maletero y las volvía a meter EN LA MISMA DISPOSICIÓN, y estaba muy extrañada de que no entrase la nueva maleta. Ahí descubrí que esta señora, que no tenía hijos y había estado en España alguna vez por trabajo, a quién hablé de Atapuerca, tenía una bolsa llena de tapones de plástico y otra con vidrios como de reciclaje y, llegué a la conclusión de que, papá, habría hecho buenas migas contigo. 

Durante el trayecto, me dormí un poco, y la croata también, aunque creo que quería un poco disimularlo; me desperté escuchando cómo hablaban de la “ragazza que estaba addormentato”. Así que les dije que estaba despierta, y, cuando escucharon mi hipo (que decían, era porque alguien se estaba acordando de mí), me preguntaron que si tenía novio. Les dije que no, y entre todas, llegamos a la conclusión de que mejor, que “calma y libertad”.

Todo eran risas hasta que Elisabetta me preguntó acerca de mis planes al llegar a Padova. Yo, que había salido un poco escopeteada de casa tras mi examen del viernes, no había mirado ni un mapa de la ciudad. Sólo sabía que mi hostal estaba “cerca del centro” y tenía apuntado el nombre de la calle. Allí, se hospedarían también los alemanes con los que iría al concierto, pero de eso no estaba segura del todo.

Y ese plan mío así un poco en las nubes se ve que a Elisabetta (quizás con un poco de instinto materno sobre mí) no le gustó demasiado. Me decía, un poco enfadada, que cómo se me ocurría viajar sin más información de dónde estaba mi hostal ni el concierto, que cómo pensaba ir desde la estación (donde ella me dejaría) hasta mi hostal (¿preguntando no se llega a Roma?), que por qué no llamaba a mis amigos, que por qué me iba a quedar sola. 

En fin, que Elisabetta, una mano en el volante y la otra en su teléfono móvil, llamó a Valeria, una amiga suya para preguntarle exactamente dónde estaba la calle de mi hostal y, tras dejar a su prima en casa y a la croata en la estación, Elisabetta, con un gran abrazo y una disculpa por sus formas al ”enfadarse” conmigo, me dejó en la mismísima puerta de mi hostal.

Allí, me puse en contacto con Félix, a quién me uní en seguida, y, junto con los demás alemanes, pusimos rumbo al Gran Teatro Geox. 

Pero antes, dejé mi mochila en la habitación G del hostal, un cuarto con seis camas en el que había una señora muy grande, mayor, que hablaba sola y tenía cara de pocos amigos.

Al concierto fuimos en taxi (tal y como Elisabetta me había advertido), y fue genial; estuvimos unas tres horas, y el grupo (el cual descubrí hace un tiempo gracias a Gumer por Facebook) estuvo muy guay. Bailamos mucho, mamá.

Nos bebimos un spritz, una bebida típica italiana, y nos volvimos al hostel. Cuando llegué a mi habitación, había otra chica durmiendo. Ella me abrió la puerta, que estaba cerrada y, tras desearnos buenas noches, caí profundamente dormida.
Había sido un día genial.

A la mañana siguiente, desayuné con los alemanes a las ocho de la mañana, que era la hora a la que había desayuno en el hostel, y estuve charlando con mi compañera de habitación. Ella estuvo parloteando en italiano con la señora grande de las malas pulgas; resulta que estaba enfadada porque la mujer de la recepción, sin por qué alguno, se había negado a darle una copia de las llaves a ella. Entendí algo de la conversación, pero Giulia me lo explicó en inglés, tras lo cual me despedí de ella, pues ya yo dejaba el hostal y esa tarde me volvería a Ljubljana.

Puse marcha con los alemanes dirección visitar Padova. A Félix y Andreas, en el hostel les habían recomendado un mercado muy bueno al que ir, que estaba cerca de la estación. Así que tras comprar nuestros respectivos biglietis en la estación (Andreas y Jana se irían esa tarde a Venecia; Félix y Xenia volverían a Ljubljana, aunque en un autobús diferente al mío) fuimos a este mercado; era un mercadillo con seis puestos un poco hippies en los que los vendedores eran los mismos que producían aquello que vendían. Con el muchacho que vendía orégano estuve hablando en italianini-españolo, y los alemanes aprovecharon para comprar miel, peras y queso.

Tras esto, Andreas y Jana se fueron a Venecia, y yo me quedé con Félix y Xenia haciendo un poco de turismo. Los alemanes son muy buena gente, pero muy diferentes a nosotros y a los italianos; son como muy calmados, nada de hacer ruido ni liarla parda en ciudades extranjeras. Comimos algo sentados en una de las plazas principales de Padova, al sol (¡Vente a Italia para volver a ver la luz del sol!), y ellos partieron rumbo hacia Ljubljana en su autobús, y yo me quedé haciendo un poco de turismo, pues mi autobús salía una hora después.



Esa mañana, yo ya había preguntado con mi biglietti en mano, dónde debía coger mi autobús. “PLATFORM 12”, me dijeron. “DESTINAZIONI INTERNAZIONALI”, ponía en un cartel. Mientras esperaba a mi autobús que no llegaba, cedí a hablar con unos Testigos de Jehová, que me preguntaron que dónde creía yo que estaban las respuestas de las cosas de la vida, si en la Ciencia, que fue lo que contesté, o en la Religión Quizás debí haber contestado Religión, quién sabe, porque ni el Testigo de Jehová estuvo de acuerdo conmigo, ni la Ciencia supo explicarme por qué mi autobús al andén 12 nunca llegó.

Gracias a la ayuda de otra señora croata que se bajó de su autobús para ayudarme, y tras ir con ella de aquí pallá y hablar con algunos italianinis en la estación de autobuses, pude saber que mi autobús no paraba en el andén 12 sino en OTRA CALLE diferente y que, por supuesto, ya lo había perdido, y no iban a darme el dinero.

Eran las cuatro de la tarde más o menos, y no había ya forma de viajar ni en autobús ni en tren hasta Ljubljana. Poco a poco, mis nervios-desesperación aumentaban, mientras la batería de mi móvil disminuía. En la estación de trenes, donde se me hizo de noche, nadie me pudo ayudar. Hablé por Facebook con Giada, una amiga italiana que estuvo intentando decirme todas las opciones que tenía, pero era demasiado tarde para todas.


Así que, tras maldecir un poco a los autobuses y trenes italianinis, a mis 26 eurotes perdidos en mi biglietti maldito, y a el cuarto de baño de la estación para el que tuve que pagar por entrar, y tras haberme arrepentido de no ir con el guapo de Andreas (y con Jana también) a Venecia, y aún sin mapa (si Elisabetta me viera…), decidí poner rumbo de nuevo al Ostello della Gioventu.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Ti, moja rožica.

Una de las ventajas de vivir en un país tan pequeño como Eslovenia, es que en un par de horas en autobús ya estás en el extranjero (más de lo que ya estamos aún). Y la semana pasada MJ, Yaiza, Cristina (dos niñas de las Canarias), Miro y yo, aprovechamos para ir a Zagreb. Antes de ir, algunos de los eslovenos que conocemos, nos habían dicho, "¿A Zagreb para qué vais a ir?" "No tiene nada especial..." y cosas así. Pero la verdad es que sí que mereció la pena; hizo un frío pelón, pero hicimos un tour guiado for free gracias al cual vimos las cosas más importantes-bonitas de la ciudad. Zagreb es mucho más ciudad que Ljubljana, que es más tipo pueblo. Tiene un tranvía que atraviesa todo el centro, y que la hace ser aún más bonita.


(Miro, Cristina, MJ, Yaiza y yo.)

Además de estar en las típicas plazas, Iglesias y calles importantes de toda ciudad (no soy muy buena con las descripciones), estuvimos en el Broken Relationships Museum. El origen de este museo, dicen, fue una pareja que, al romper, decidió quedar en un lugar para entregarse lastípicascosasquesedevuelvenlasparejascuandocortanlarelación. Se ve que es un museo mundialmente conocido, que a veces hace giras, pero que la sede principal es la que está en Zagreb. Según nos dijo nuestra guía, hay una lista de espera inmensa de gente esperando para entregar alguna cosa. Dentro, hay de todo tipo de cosas, cada una acompañada de una breve descripción que quién la lleva al museo escribe para dar a conocer la historia de la relación; algunas, muy graciosas y otras muy trágicas. Desde fotos, camisetas o un vestido de novia hasta una tostadora o un hacha.


Zagreb tiene escondidas a lo largo de las calles de la ciudad una escultura de cada uno de los planetas del Sistema Solar, girando en torno al sol, hechos en proporción, y situados a una distancia proporcional, también. El Sol es visible muy fácilmente, porque es muy grande y está en una calle muy céntrica. Pero otros (nosotros vimos Marte y Venus) son muy pequeñitos, están ahí, en una columna, como quien no quiere la cosa, y, según nuestra guía nos dijo, ¡Es difícil encontrarlos todos!

Y así, tras nuestra segunda (ya) visita a Croacia, nos hemos quedado sin Cunas (la moneda de allí), por lo que por ahora nos toca seguir en Eslovenia (¡qué remedio!).

Por Ljubljana, estos días esas hojas secas otoñales de las que os hablé, se han convertido en hojas mojadas. El sol parece que no se quiere levantar, hace un recorrido muy bajito y escondiéndose entre las nubes como escabulléndose de los guiris que, como yo, le buscamos sin parar. 

Esta semana hemos estado alternando las clases de oftalmología, que son en el quinto pino, con las prácticas y un poco de Metelkova. Las prácticas han sido en el hospital, con los pacientes y sus correspondientes médicos hablando en esloveno (sin enterarme de ni papa); algún día he tenido la suerte de estar con eslovenas (una de ellas aprendiendo español para irse a Texas, otra de ellas que había estado una semana en Murcia), que iban traduciéndome más o menos lo que estaba pasando, y he aprendido a decir adiós. Así que poco a poco, voy mejorando (no ya mi inglés, sino)mi esloveno.

Y por Metelkova las cosas siempre van bien; estuvimos un día MJ y yo (es que Metelkova está al ladito de nuestra casa) en un concierto de un señor mayor, con barbas, que había sido físico y que, tocando la guitarra, cantaba (con voz un poco de borrachín) canciones en esloveno a un público bastante entregado. Supimos que el tío era físico porque nos lo dijo Martin, un chaval inglés que había estudiado física (otro físico loco, como Rafita) y que llevaba cinco años viviendo en Ljubljana. Ese día, además de con él, estuvimos con Kristian, el chamán. En Metelkova hay muchos conciertos normalmente, o noches temáticas, o simplemente gente bebiendo (aquarius) y fumando (pipas de la paz) al fresco. Y está llena de gente, cuanto menos, interesante.

Ayer, fuimos a pedir nuestro permiso de residencia; si llevas más de tres meses viviendo aquí, se supone que tienes que tenerlo por lo que pueda pasar. Todos nuestros amigos hace tiempo que ya lo tienen. MJ y yo nos hemos demorado, pero al fin lo hemos pedido. Pronto tendremos un carné que certifique que somos ciudadanas eslovenas :D

Anoche, cuando volvíamos de Metelkova, uno de los italianos me acompañó a mi casa. Me dijo, aún no sé muy bien por qué, que yo le parecía más eslovena que española.



Nasvidenje!

lunes, 3 de noviembre de 2014

Prešeren.

France Prešeren (SXIX) fue un poeta esloveno. Y es una estuatua suya lo que hay en mitad de la plaza Prešernov Trg, que es la plaza principal de Ljubljana, la plaza del Tripuente (Richard, quería hacerte esperar más, pero bueno, he caído en la tentación del post del Tripuente). Prešeren dedica los días, ahí quietecito sin pestañear, haga frío, calor, calma, viento o tempestad, a mirar a su amada, que está en una de las calles que llegan a la plaza. Y es a los pies del poeta donde solemos quedar. 

También en Prešernov Trg está la Iglesia de la Anunciación (Jajajajaj, ¿a quién voy a engañar? ¡Acabo de enterarme gracias a wikipedia de cómo se llama!); más comúnmente llamada la iglesia rosita, en cuyos escalones se sientan los sin techo de la ciudad. Se sientan ahí a beber cerveza y a intentar venderte una revista (en esloveno) que escriben ellos; no sé exactamente qué escriben, pero me da bastante cuirosidad. Se la compraría a alguno para acabar con mi intriga, pero no entendería ni papa, que de esloveno aún no andamos demasiaobienquedigamos. 

Para pasar de la plaza al otro lado del río, pasas (¡¡ahora sí que sí!!) por el Tripuente. La verdad (¡pa qué engañarnos!)es que yo al tripuente me lo imaginaba más espectacular. Tengo entendido que al principio era sólo un puente, por el que pasaban los coches y, para hacerlo peatonal, a algún lumbreras se le ocurrió hacer no uno sino dos, a los lados. Son tres puentes realmente, pero que desembocan en un mismo punto: Presernov Trg.



Bajo el puente, hay unas escaleritas que te llevan a un cuarto de baño público, y también ahí, está “el bar del pescado”, donde puedes comer pescado (mamá, aún no lo he probado desde que estoy aquí) con el studenski boni, junto al río. Está apuntado como lugar al que ir en la listadecosassanasquehacerenLjubljana). Al otro lado de la plaza, está el ayuntamiento, y también el mercado. Del mercado, en el que suelen hacer mercadillos y festines ocasionales tipo LaFiestaDeLaHamburguesa o LaFiestaDelChocolate, ya hablaré más adelante. 

El otoño se nota que ha llegado a Ljubljana; las calles están llenas de hojas de los árbolesdehojacaduca, y LJubljana tiene un color especial. Color, y olor a castañas por muchas de las calles; y es entre uno de los puentes del tripuente y la estatua de Prešeren donde está el tío de las castañas que debe ser el tíocastañilmásricodetodaLjubljana. Dicen, que por estar ahí, paga 3000euros de alquiler. ¡Así que imaginad cuántas castañas podrá vender a lo largo de la temporada!

Junto a él, y tocando para las pandillas de japoneses que siempre, repito, siempre, hay en la plaza de Prešeren, está el típico tío con el acordeón. Supongo que eltíodelacordeón, así como los éraseunjaponésaunacámarapegado, no falta en ninguna ciudad de este mundo. Y son los japoneses los que muchas veces mantienen con vida a la plaza; no es que no tenga vida, que la tiene, mucho turista y mucho esloveno de un lado para otro, comiendo, echando fotos, en bicicleta, paseando sin más, pero hay días, como este fin de semana pasado, en que se nota que hay muy poca gente aquí. Y no lo digo como algo malo, sino al contrario; creo que esto me gusta de esta ciudad. Es la capital de un país, pero hay veces que puedes estar sentadita a los pies del poeta con la misma calma con que estarías sentada en la Puerta de la Iglesia de Tahivilla, viendo pasar, eso sí, a algo más de gente pero sin tráfico, sin ruidos, tal y como Prešeren se halla, simplemente contemplando (a tu amada, o qué más da).

En fin, que Ljubljana cada día está más bonita, cada día con un frío más pelón, y cada vez con menos luz. Eso sí, la luz que tiene, aunque poca, es preciosa. Le estoy cogiendo cariño a las calles llenas de hojas caídas, a las bicis asesinas, a Prešeren, a cada uno de los puentes del tripuente, a los japoneses e incluso al tío del acordeón. 
Y del cariño al enamorable violinista nocturno, pa qué os voy a contar.