Ante lo que hubiera podido imaginar, llegué sana y salva al hostal ¡sólo preguntando una vez! (“Per favore… ¿dove si trova…?”) La temperatura en Padova no era del todo baja; durante el día había hecho bastante sol y esa noche no hacía demasiado frío, pero mi temperatura corporal, ante tal soledad y desasosiego (que soy de Andalucía, tengo que exagerar) estaba por debajo de la ideal. Esta vez en la recepción del hostal no estaba esa señora que se había negado a darle las llaves a mi excompañera de habitación, sino un hombriño que, más tarde, me daría una toalla for free, sin tener que pagar el euro que realmente costaba (supongo, por la carilla que me vería), y que volvió a asignarme la habitación G.
Al entrar en la habitación, volví a encontrarme con Giulia, esta chica italiana que a la que le hubiera gustado haber ido al concierto de Parov Stelar pero que no pudo porque estaba trabajando, y que ahora estaba ahí, en su cama, estudiando con un libro bastante gordo. No esperaba mi llegada, pues ya nos habíamos despedido esa mañana, así que le estuve contando lo sucedido con mi autobusini perdido, y estuvimos un rato charlando. Me dijo, iba a tomarse un café antes de irse a trabajar, y me invitó a que fuese con ella. Salimos del hostal y nos tomamos un café en el primer bar que encontramos; un café, y un crep con nutella, a lo que Giulia me invitó muy contenta, y, decía, ahora sí que sí, se iba feliz a trabajar. Ella se fue a trabajar, no sin antes quedar en que quizás esa noche podíamos salir juntas y que, por supuesto, a la mañana siguiente desayunaríamos juntas en el hostal, y me quedé en mi habitación de seis camas pensando en lo sucedido, y, con más frío y mocos que suciedad, decidí postponer la ducha y no usar esa toalla que el amable recepcionista me había dado.
Al rato, llegó Sabrina, una chica alemana que estaba en Padova visitando a una amiga suya que estaba de Erasmus. Sabrina se acopló en la cama que había al lado de la mía, y estuvimos charlando de Alemania, los alemanes en España, de Gibraltar, Tarifa, y la inmigración. Sabrina había estudiado dos años de medicina, pero tras esto, había decidido cambiarse a psicología, y ahora estaba más contenta. Poco a poco, Sabrina iba hablando menos e iba recostándose más. Mientras, llegó una japonesa, que fue a tomarse un café a las once de la noche y, en cuestión de media hora, Sabrina ya me había dado las buenas noches, y la japonesa, café en estómago, estaba roncando.
Cuando Giulia llegó por la noche, yo estaba ya en siete sueños.
Así que fue por la mañana cuando nos vimos y fuimos a desayunar juntas al barecillo del hostal. Giulia, me dijo, está trabajando en un restaurante un poco chic de la ciudad, en el que está bastante contenta y, a la vez, está estudiando Química Orgánica. Ella es de Verona, pero trabaja y estudia en Padova, y está en el hostal esperando a que le den las llaves de su piso, al que en unos días se trasladará. Giulia es vegetariana y, debido al estrés de estos días, con el estudio, el trabajo y la vida en el hostal, últimamente está un poco baja de defensas. Así que, con el café y el croissant del desayuno, se tomó una serie de polvos que, según me explicó, le ayudan a tener las vitaminas y proteínas necesarias en épocas como esta.
Tras el desayuno, yo tenía que abandonar el hostal y ella se sacó otra vez ese libro gordo para ponerse a empollar. Pero mientras yo me vestía y recogía mis cosas, Giulia guardó sus apuntes, se cogió la mochila, en la que se guardó el uniforme del trabajo, y se vino conmigo a enseñarme la ciudad. Así que eran las nueve de la mañana, y estaba yo en Padova, dando vueltas y sin parar de charlar con Giulia, que tiene dos años menos que yo, y que no paraba en ningún momento de sonreír. Ese día también brillaba el sol.
Estuvimos en la plaza más grande de Padova, que según me contó, es la segunda plaza más grande de toda Europa (tras la Plaza Roja de Moscú), y en la preciosa basílica de San Antonio, en donde entramos (a pesar de que, me dijo, ella no era religiosa) mientras daban misa y por cuyos alrededores había muchísima gente. También estuvimos viendo algunos edificios de la universidad, así como en un parque muy bonito junto al río. Giulia todo me lo explicaba, me databa algunas fechas de los edificios o personajes importantes que nos encontrábamos, y me recomendó que viajase a Verona donde, decía, parecía que estabas en mitad de la selva, porque había mucho parque y vegetación en la ciudad.
(Giulia y yo en la gran plaza.)
Estuvimos hablando de Italia, de lo gran cocineros que son los italianos en general, y de España, de Barcelona, de Picasso (otra vez), de Miró, del sol y de sus estudios; su madre quería que hubiese estudiado arquitectura, pero ella le había dicho que, si hubiese estudiado arquitectura, se habría ido al terminar a África, a construir casas con barro y con madera, y que prefería estudiar otra cosa. Así que me contó sus ganas de terminar Química e irse igualmente a África, a construir huertos con frutas, verduras y hortalizas con un buen conocimiento de la tierra del cultivo, y poder ayudar allí a los más necesitados. Por mi parte, le conté mis ganas de terminar medicina e irme a África con ella, a aportar mi granito de arena allí durante algún tiempo.
Nos comimos un cannoli, un dulce típico de Sicilia, en un festival que había en pleno centro del chocolate. Y, tras esto, y tras ver un monumento conmemorativo del 11S (en donde había un resto de una de las torres, que había sido donado al ayuntamiento de Padova), Giulia me invitó a un café. Me dijo, ella era hija de madre Napolitana, y que en Nápoles, quién propone tomar un café, es quién debe invitar, y no puede dejar que la otra persona pague. Así que me invitó al café como buena napolitana, en una cafetería en la que decidió mirar el periódico para ver qué había pasado estos días por Italia.
Giulia empezó a reírse super asombrada, a reírse y a exclamar “mamma mia!”, y decir cosas en Italiano con la camarera de la cafetería y, periódico en mano, me explicó lo que acababa de leer. Resulta que esa noche en que ella llegó del trabajo mientras la japonesa roncaba y Sabrina y yo dormíamos cual lirones, había entrado un hombre en el Restaurante en que ella trabajaba; según el periódico, el hombre había dejado una nota en la que decía: “Lo siento, tenía hambre, he entrado y he comido algunas cosas, muchas gracias, no he hecho daño alguno”. Y el dueño del restaurante, había dicho a los medios “Le perdono, pero si quiere que vuelva y coma algo con más nutrientes”, o algo así. Giulia no cabía en su asombro y, me contó, su jefe era una gran persona; era rico, sí, pero sabía de las necesidades humanas, y era una de las razones por las que ella estaba tan contenta en este trabajo.
Acabamos el café, y llegó el momento de despedirme de mi amiga italiana, que se dirigía al trabajo, con bastantes ganas para ver qué le contaban de lo sucedido. Me recomendó algún sitio a donde ir, y tras invitarnos mutuamente a Verona, Ljubljana, Padova y Málaga, nos dimos un abrazo, y nos dijimos adiós.
Giulia es de esas personas que, sin conocerte de nada, te desean que pases un buen día. Lo hizo el día que la conocí en el hostal cuando yo (creía) me volvía a Ljubljana. Me dijo, “have a nice day”; y yo, soy de esas personas que, si me dicen have a nice day, probablemente esté mucho más cerca de tener un buen día. Así que tras desearnos mutuamente a nice day, proseguí con mi camino.
Ya sólo me compré el biglietti del bus que esta vez no perdí, y me comí un trozo de pizza mientras esperaba al sol en una plaza céntrica de Padova.
El autobús esta vez lo cogí sin problemas, y llegué a casa, donde MJ me recibió, y donde estuvimos charlando con Jurij y Clemen, su amigo, de Parov Stelar, y de licores, algoqueaestosguirislesencanta.
Por la noche, tenía un mensaje de Elisabetta, preguntándome que qué tal me había ido el concierto, y que si había conseguido ir andando desde el hostal a la estación sin problemas. Le contesté diciéndole que todo había ido bien, pero no le conté mi percance ni que me quedé una noche más en Padova supongo, para evitar su preocupación (como cuando decides no contarle a tu madre que has cogido un catarro, para evitar preocupaciones extras). Y ahora, antes de escribir esto, he visto que Giulia había posteado algo en Facebook: anoche, cuando llegó al hostel, se encontró con una chica (más pequeña) en la calle, que necesitaba ayuda y no tenía dinero para el hostal; ella, la ha acompañado a la estación de autobuses y ha estado esta noche con ella hasta que llegase su autobús por la mañana pues, dice, tenía un poco de miedo.
Grazie mille, Giulia.
¡Tened un buen día!

