Se nos hizo de día mientras escuchábamos a los Blues Brothers; Gianmarco conducía dirección Croacia mientras hablaba de grupos y más grupos de música con Vojtech y yo, en uno de los asientos traseros mientras Ale me usaba de almohada, estuve preguntándome si no eran realmente los amaneceres incluso más bonitos que las puestas de sol.
En unas tres horas llegamos a nuestro destino: los lagos croatas, en Plitvicka Jezera, parque nacional, donde pasaríamos el día. Antes de ir, Gianmarco había contactado con los del Parque para preguntar por las condiciones meteorológicas del lugar. La respuesta por su parte había sido: “there is a lot of snow. Enjoy!” Así que íbamos preparados para hacer toda la ruta disfrutando de la nieve. Nuestra sorpresa fue, que al llegar, en la taquilla donde compramos la entrada, nos dijo una chica en inglés, y después, cuando se dio cuenta de que algunos éramos españoles, en español, que gran parte de la ruta estaba cerrada por hielo e inundación del camino. Compramos nuestros tickets y anduvimos los primeros metros hasta el primer encuentro con el grupo de japoneses que en ninguna excursión en esta vida (yo estoy convencida de que siempre son los mismos) puede faltar. Hacían ya fotos sin parar (yo también, para qué engañarnos) delante de una valla que (les) impedía pasar por un caminito por el hielo y el agua. Digo les impedía, porque nosotros encontramos una fácil solución: pasar la valla por debajo. O por arriba; que Pablo, Gianmarco y Vojtech son unos larguiluchos de cuidao. Así empezaba la excursión prohibida.

La ruta consiste en ir por un caminito de tablas de madera, que van atravesando un montón de lagos y cascadas. Toda la zona baja, esa de madera, es la que estaba cerrada. De ahí se comunica con unos caminos que van por arriba, desde los que se va viendo todo. Para atravesar uno de los lagos, cogimos un barco, donde nos reencontramos con los japonesesasuscámaraspegados. Algunas de las cascadas son realmente grandes, y hay muchas pequeñas para comunicar un laguito con otro. Algunos de los caminos sí que estaban helados, pero le daba emoción a la cosa. Ahora que lo pienso, no hubo caídas a destacar. Lo que sí que hubo fueron guerras de nieve.
En una de las pocitas, los valientes de Vojtech y Ale decidieron dar el pasaporte a chaquetones, camisetas, pantalones y jerseys. Fuera calcetines y calzoncillos, y ea, a bañarse. El baño duró lo que dura un suspiro y, ahorasegúnellos más calentitos que antes y algo morados, continuamos nuestro camino buscando algún sitio en el que comer.
Tras hincharnos de unos ricos bocadillos, mandarinas y alguna que otra golosina, seguimos con la ruta, en la que aún nos quedaba alguna que otra hora. Atravesamos caminos de hielo, caminos de nieve, caminos de hojas y más hojas secas. Vimos laguitos-pocitas, lagos grandes con muchísimas cascadas, lagos con oleaje.
Todo con unos colores preciosos, el agua de los lagos con diversos colores verdes y azules, y el contraste con el marrón de las hojas, los árboles de los bosques, pelados y repletos de musgo, y nieve, nieve a lo lejos y a lo cerca; antes de ir, yo había estado viendo fotos en internet de este lugar. Me parecía súper bonito, así que tenía muchísimas ganas de ir. Pero estando allí, apenas sin turistas, nosotros dando vueltas parriba y pabajo, mientras la luz iba siendo cada vez menos, supe realmente que había merecido la pena ir, y, para mí, ha sido de los lugares más bonitos en los que jamás he estado.
Cuando ya decidimos volver al lugar de partida, aún quedaban un par de horas. Decidimos ir, aunque bordeando el lago para aprovechar el camino más bonito, por el camino más corto, pues, si se nos hacía de noche, las pasaríamos canutas con el hielo y sin linterna alguna. Y así, mientras decidíamos quién de nosotros sería el primero en morir en un momento dado de necesidad por los demás para proporcionarnos alimento, (momento en el que yo me salvaba, graciasadios, por ser mujer y mi papel por perpetuar la especie) nos encontramos con tres chicas que iban en sentido contrario al nuestro y quienes nos advirtieron de que deberíamos tener cuidado por el camino que llevábamos; había un puente roto, y deberíamos, a cambio, bajar y subir por una montaña. Con más valentía que rile, llegamos al puente y, cargados de conocimientos escaladorespiedrores, logramos sobrevivir al broken bridge.
Poco a poco, el cielo se puso rojo como una amapola. En ese momento, me pregunté si no eran realmente los atardeceres incluso más bonitos que el momento de levantarse el sol.
Sanos y salvos, con los ojos repletos de imágenes y los pies contentos de haber paseado por aquellos lugares, en fin, felices, llegamos al coche y pusimos rumbo a nuestro apartamento Relja, a unos diez kilómetros de los lagos, donde pasaríamos la noche.
Habíamos alquilado un apartamento para seis siendo siete (MJ, Marina, Pablo, Ale, Vojtech, Gianmarco y yo), por lo que uno debería esconderse cuando recogiésemos la llave de los caseros. Cuando llegamos a nuestro destino, aparcamos los coches y salimos, justo en ese momento llegaron los propietarios: era ya de noche, pero no serían más de las cinco de la tarde. Muy apañaos, el señor croata con sus dos hijos nos enseñaron nuestra casa, nos pidieron los DNI que, les dijimos, se los daríamos en unos minutos pues, teníamos que organizar bien cuáles les enseñábamos y quién se ocultaría y, mientras Gianmarco y Vojtech fueron al supermercado a comprar la carbonara que esa noche cenaríamos, nos instalamos en nuestra casita.
Era en la planta de abajo donde los caseros vivían. Cuando uno de ellos vino a pedirnos los DNI, MJ era quien estaba en la ducha, así que fue ella la que decidimos ocultar. Mientras cocinábamos (más bien, cocinaba Gianmarco, los demás hacíamos poco), Vojtech empezó a hablar con los caseros desde el balcón, así que le tocó a él ser quien les pidiese pimienta, que se nos había olvidado comprar.
Cuando Vojtech volvió de recoger la pimienta de la planta de abajo, estaba algo más colorado, más sonriente aún (que ya de por sí él es sonriente) y, nos dijo, todos debíamos bajar pues los croatas nos habían llamado a tomarnos un chupito a su casa, por la amistad. (Vojtech ya se había tomado algún que otro chupito en la recogida de la pimienta.)
Fuimos, aunque no todos (pues Gianmarco cocinaba y MJ “no existía”), y ahí estaban, el señor y la señora croata, que no hablaban ni una palabra de inglés, que fumaban, sonreían, y nos tocaban, mientras nos servían algo parecido a vodka en los vasos, y sus dos hijos, de unos treintaytantos años, que sí que hablaban inglés, que empezaron a hablarnos de la guerra. De la guerra pasamos a hablar de su juventud, lo que llevó a uno de ellos a coger una caja que había en el suelo del salón llena de fotos de muchos tipos todas mezcladas, y empezar a enseñárnoslas todas. Mientras él nos enseñaba fotos de cuando había estado en Praga o en París o alguna foto de su comunión, su hermano se reía sin parar, mientras nos contaba que el otro había estado estudiando teología, que antes era muy religioso y que, menos mal, y gracias a él, lo había dejado. La cosa acabó con La Macarena sonando en el móvil de éste último, mientras el señor y la señora croata rellenaban los vasos de ese vodka y no paraban de sonreír.
Teníamos que irnos, así que nos despedimos, nos dieron las gracias, nos dijeron, éramos gente buena, y nos fuimos. Una auténtica carbona italiana sin nata (pues la original se hace sin nata) nos esperaba en la mesa.
Esa mañana la habíamos empezado escuchando a los Blues Brothers y la acabamos tocando la nueva guitarra de Ale, todos.