martes, 28 de abril de 2015

primavera eres tú.

Me he despertado hace un ratillo tras haber soñado que MJ y yo teníamos que volver a Málaga y cuando llegábamos allí (y tras haber vivido algún asesinato en la carretera de camino) descubríamos que teníamos que volver porque teníamos deberes de Bioquímica (esa asignatura maldita que tanto nos costó sacárnosla hace unos años) por hacer. Cuando he despertado estaba en mi cama de Ljubljana y sin deberes que hacer. Escucho “people are strange”. 

La primavera había ya llegado a Ljubljana cuando volvimos de nuestra excursión, y había llegado con lo que ello conlleva; además de que la sangre se altera, días calurosos-veraniegos alternados con días lluviosos-defriopolar llegan con la primavera. 

Cuando llegamos a Ljubljana, aún nos quedaban un par de días hasta empezar nuestras clases de respiratorio; días que pasamos de paseo en la soleada ciudad, de cumpleaños de Marco y de alguna que otra cervecita. Antonio, el chaval que conocimos en Sarajevo, ese que estaba haciendo autostop desde Mongolia con dirección Francia y ese que se intercambió el teléfono con Pablo, finalmente llamó. Y apareció en casa de Marco mientras que celebrábamos la segunda parte de su cumpleaños; la primera, había sido en el Tivoli.  
(De izda a dcha; Marco, MJ, Pablo, yo, Gianmarco, Cristina, Weronika, Fede, Marina.)

Ya escribí una vez de cómo estoy viviendo los cambios de estaciones, y de lo rápido e intensamente que está pasando todo esto. Pero, es que es así; parece que fue ayer cuando paseábamos con Graciela por el parque todo nevado, y ya han pasado dos meses. Ahora está todo lleno de flores, todo verde. Pasamos de andar pisando hojas secas en otoño a andar sobre la nieve y el hielo y ahora, casi sin darnos cuenta, andamos rodeados de verde césped pisando flores. Pasamos del olor de las castañas al de las chimeneas, al de las flores en primavera. Está el Tivoli lleno de gente paseando, corriendo, gente en bici. Está lleno de pandillas que se reúnen allí a comer, jugar, a tocar la guitarra, a tomar el sol. Está increíblemente bonito.

Empezamos las clases de respiratory system, clases a las ocho de la mañana, clases en esloveno, y unas prácticas en un pueblo a 40km de Ljubljana, poco a poco volviendo a la vida dura de estudiante erasmus. Si es que esas cuatro palabras pueden ir juntas en una oración, claro. 

Ya que hace tiempecillo que no vamos al Irish Pub, la semana pasada fuimos al Irish Festival. Era un festival en Domzale, una ciudad a unos veinte minutos de Ljubljana, del que no sabíamos nada. Lo único que sabíamos, porque lo habíamos leído en facebook, es que tocarían Bog Bards, el grupo que toca casi cada jueves en el pub (y del que persigo con ansia una camiseta), y por eso estábamos informados. Ese día llovía, y ni si quiera sabíamos si el festival sería bajo techo o no. Ante casi abortar el plan, decidimos montarnos en el autobús y poner rumbo a Domzale.

Cuando llegamos allí, no teníamos ni idea de a dónde teníamos que ir. Entramos en un barecillo donde había un par de pandillas tomándose un algo, y les preguntamos a ellos, quienes no tenían ni idea de lo que les estábamos preguntando. Tres guiris-erasmus (MJ, Marco y yo) preguntando por un Festival irlandés en Domzale, Eslovenia. Pero preguntando (y con algo de internet en nuestros móviles) se llega a Roma. Así que al cabo de un rato llegamos, y allí nos encontramos con una pandilla de unos veintipico erasmus de Rozna Dolina. Así que allí estuvimos, en un festival que en un principio era algo así como para familias; padres sentados bebiéndose sus cervecitas y niños pequeños bailando delante del escenario, pero que finalmente se convirtió en un súper festival con todos nosotros bailando a muerte en un ambientazo irlandés.

(Bog Bards.)

Y poco a poco se han seguido sucediendo los días, de clases, paseítos, marchas por la legalización de la marihuana, en fin, ya tu sabe, lo típico.

(Weronika en los alrededores del castillo.)

Hace un par de días estuvimos en Kocevje, el pueblo de Jurij, precioso (no sé si por la primavera, o porque simplemente esa zona es super bonita.). Jurij lleva desde hace tiempo diciéndonos que cuando llegase el buen tiempo haríamos una barbacoa en su casa. MJ y yo estábamos muy por la labor. Y al fin llegó el día. Además de nosotras dos, Marco y Ale también se apuntaron a la barbacoa. Jurij nos dijo, dormiríamos en su casa y al día siguiente iríamos a caminar por el campo. Y han sido los dos días más extraños (y de los más divertidos) que he vivido nunca. 

Nosotros ya conocíamos a algunos de los amigos de Jurij, pero no sabíamos quiénes de ellos irían. Y no imaginábamos que allí estarían todos, juntos. Fuimos MJ y yo en coche hasta Kocevje con la hermana de Jurij, junto con Loui y Masha. Al llegar, los padres de Jurij nos recibieron con una sopa a eso de las cinco de la tarde. Y ahí empezaba el momento de comer sin parar de toda barbacoa. Al rato, los padres se fueron y poco a poco empezaron a llegar amigos y más amigos. Estuvimos alrededor de la barbacoa, en el césped, comiendo cevapcis (que no jamoncis), patatas, pan, y mucho ajvar. Y haciendo que nuestros oídos se acostumbren mucho a escuchar esloveno. Hasta que se hizo de noche y empezó a hacer un frio pelón. Así que algunos corrieron fuera del jardincito de casa de Jurij, y nos dijeron que fuésemos con ellos. 



Al cabo de unos minutos estábamos allí todos, ya sin frio, alrededor de una súper hoguera que Jurij había preparado, amenizados por una guitarra tocada por Ale y la harmónica de Marco.

Esa noche, algunos de los amigos de Jurij se fueron, pero otros (como nosotros) se quedaron a dormir en su casa. Kocevje está en uno de los bosques más grandes de Europa, famoso por sus osos, e iríamos al día siguiente a dar una vueltecita por allí. Y así fue, despertamos tres en un sofá, muchos en el suelo, y tras desayunar revuelto de champiñones con pan y tomate y aceite de oliva al sol en el jardincito, pusimos rumbo a explorar un poco los alrededores.

Unas cuevas (véase la foto) a las que entramos con tres luces que llevábamos, un campito en el que estuvimos tumbados bajo el sol y un agradable viento, y una comida de salami de caballo en el río que separa a Eslovenia de Croacia. Nosotros, en la orilla eslovena.



Una genial excursión con people very strange; Jurij, tan rubito, blanquito, alto, guapito como siempre, y su pandilla de amigos: Andrew, que a pesar de ser esloveno vive en el edificio erasmus de Rozna Dolina, que ni estudia ni trabaja, pero que se dedicaba a la compra-venta de piezas de coches usadas; Tim, del que ya hablé una vez, con melena rubia a lo Jesucristo, que se pasó la noche hablando del planeta de Superman, y que trabaja de animador de niños pequeños; Vito, “El Tímido”, un chaval aparentemente normal pero que se puso a hacer derrapes en la carretera; Matej, algo más mayor que el resto, que habla sin parar, de Koper, la costa eslovena, que nos invitó a hacer una barbacoa en la playa más adelante, que sabe decir repetitivamente "vida o muerte" y "vamos a perder los bus" y que, mientras que estábamos en el césped observando el súper bosque bajo el sol y el viento, él se apartó del resto y se quedó pseudoenbolas; Masha, “La Modelo”, una chavala igual de alta que Jurij, rubia, ojos azules, muy guapa, a la que no preguntamos a qué se dedicaba pero más tarde y con ayudas feisbukiles lo hemos descubierto (es modelo de verdad, modelo de Dior, modelo de portada de la revista Elle); Loui, el esloveno de media melena moreno, collar y anillos, con leggings de flores, peluquero, pero no un peluquero cualquiera, sino peluquero trabajando en Londres con posibilidad de irse ahora a Los Ángeles, peluquero de Conchita Wurst, peluquero de modelos de pasarela, peluquero del Rey de Dubai. Y nosotros cuatro; Marco, Ale, MJ y yo (con mi chaqueta de Migue de Antequera-diosss-); los cuatro erasmus haciendo la pandilla aún algo más variopinta. 

Genial excursión, lo dicho. Este erasmus siempre podrá seguir sorprendiéndome. Hoy aquí llueve sin parar. ¡Besis!





lunes, 20 de abril de 2015

Balkan trip V- Zadar.

Nuestro viaje por los Balcanes llegaba a su fin. Apenas nos quedaba un día antes de pasar la última noche fuera de casa, y al día siguiente tocaría volver a Ljubljana-patria querida. Salimos de Trebinje los cinco en el coche con dirección a Croacia. La ruta en coche por la costa es muy muy bonita; vas bordeando las montañas junto al azul verdoso mar lleno de islas, muchas curvas y… muchos coches también. Camino muy bonito pero cansado, para qué nos vamos a engañar. 

Ese día hicimos parada en Split, ciudad en la que Alberto ya había estado, por lo que se convirtió en nuestro guía. Hicimos un poco de turismo y usamos las kunas que nos quedaban (de algo de lo que no he hablado durante estos posts ha sido de la cantidad de monedas diferentes que hemos ido usando; en Serbia, Dinars, en Bosnia, marcos convertibles o KM, que nó Kilómetros, en Montenegro Euro, y en Croacia, Kunas) para comernos un trozo de pizza o similar sentaditos en un banco en el paseo marítimo. Allí, y mientras que MJ y yo éramos un poco devoradas por la nostalgia porque el ambiente de ese momento se parecía mucho a cualquier ratito de paseo por el muelle uno en Málaga, se nos acercó un chaval a hacernos magia. Unas cartitas y unas moneditas, y fuimos, según nos dijo, sus primeros oyentes en la calle.

Proseguimos nuestro viaje hacia Zadar, donde pasaríamos nuestra última noche. La pernoctación la habíamos dejado en manos de Alberto, que ya había dormido allí una noche, y había llamado por teléfono a Vladimir, un chavea que nos albergaría en su casa por siete eurillos por noche. Creíamos que sabíamos llegar pero no fue así; estando cerca, tuvo Alberto que llamar a Vladimir, estudiante de económicas de 28 años, para que viniese a por nosotros. Dormiríamos en el mismo edificio que él, su madre y su hermana.
Era un gran caserón cuya planta de arriba la tenía para alquilar; en una parte, estuvimos nosotros cinco en dos habitaciones, y había otras tantas para otros muchos inquilinos más. Esa noche, Vladimir nos dio una botella de vino casero y dos productos más; una especie de bizcocho muy rico, y otra especie de bizcocho de pipas tampoco nada mal. Y con este piscolabis, nos fuimos con él a dar una vuelta por Zadar a la nuite.

El mayor interés de Zadar es su Órgano del Mar; un instrumento junto al mar, en unos bloques de mármol, que produce sonidos por las olas y a través de unos tubos-agujeros que asoman por esas rocas. Y es tremendamente genial. Suena fuerte, bonito, y según Vladimir nos contó, por las mañanas esa zona se llena de gente que va allí a hacer yoga o a meditar.

(No va a parar nunca... y toca bien además.)

Tras dar un paseíto con Vladi, y tras convencernos de que nos quedásemos a comer al día siguiente en su casa porque iba a hacer una barbacoa, nos fuimos a dormir. No sin antes, mandarle una foto-clave a Marina en la que aparecíamos los cuatro (MJ, Pablo, Marco, yo) y en la que detrás, como un espontáneo más, aparecía Alberto de paseo. Por si se daba cuenta… (que no.)

Y el amanecer en Zadar fue de lo más relajante; tetito, galletas, ducha, y paseíto al mar… que lo teníamos a cinco minutos andando. Polako, Polako… (cosa que nos enseñaron Bartek y Lauren, y que viene a ser algo así como… tranquilidad tronco… o como… Shuiya, Shuiya…)



La casa de Vladimir no estaba en Zadar-Zadar, sino en un pueblecito al lado de lo más tranquilo; casas grandes de colores, barquitos de vela, olor a las flores del campo… y a la sal del mar. Alberto se pescó un par de mejillones que probó a comerse y… a eso de la una, aún no había ambiente de barbacoa ancáVladi. Y es que las barbacoas para Vladimir eran algo del día a día; nos dijo, el hacía barbacoa un par de veces por semana. Cocinó para nosotros unas chuletas y unas alitas, Alberto se cocinó un par de pescados que se había comprado en la misma parrilla y, con el regalo de un exquisito puré de patatas de su madre- que nos dejaba para irse al cementerio, y un pan de esos que sienta que te rilas, nos dejó a nosotros de barbacoa en la terraza. Y él se fue a la universidad.

Y ahí nos quedamos, de siesta al sol. De siesta, o de Fiaca, como los croatas les llaman a la siesta. Disfrutando de nuestro último rato en Croacia… que un país que tiene una palabra para referirse al acto de la siesta es, cuanto menos, genial.

Y al rato empaquetamos… nos montamos en el coche y pusimos rumbo a una Ljubljana a la que llegamos tras ver un precioso atardecer desde el coche… y que nos recibió (como siempre, como sólo sabe hacerlo...) con una cálida bienvenida. Ya se había acabado el viaje… y ya había llegado la primavera a la ciudad.


Balkan trip IV- Dubrovnik & Trebinje.

Dubrovnik (ciudad cuyo nombre por primera vez escuché saliendo de la boca de Anita, por lo que me acordé mucho de ti cuando fui) nos esperaba con los brazos abiertos; un parking por el que había que pagar tres euros por cada hora, aunque también nos esperaba, se quedó con las ganas. Gracias a la ágil conducción de Marco por la ciudad (aunque también por el monte-montaña, por la costa o por donde quiera que hubiese que conducir, que notarse se nota que llevamos a un puro italiano en la pandilla) encontramos un parking mucho más barato. Compramos el queso y el pan de cada día, ese que nos ayudó durante todo el viaje a comer a base de sándwiches y acabar –relativamente- saciados, y pusimos rumbo a allá donde nos diese el sol y pudiésemos saborear casi la sal del mar.

(véase yo, misbotasdemontaña, el mar, la mar.)


La ciudad, muy bonita y muy turística. Aquí sí que sí te sentías guiri, estabas rodeados de guiris haciendo turismo y pagando mucho por cosas que valen poco, como suele pasar en los sitios -tan- turísticos. Dubrovnik, entre otras cosas, es conocido porque ahí se ha grabado yoquéséquédeJuegoDeTronos. No me preguntéis más, porque yo no sigo la serie. Pero había bastante gentecilla por todas partes. Hay una súper fortaleza en la que no entramos todos, sólo Pablo (que ya habíamos tenido suficiente fortaleza con la de Kotor esa misma mañana), y muchas callejuelas y casas de piedra, con muchas macetas colgadas y todo muy bonito. 

Comimos en unas rocas junto al mar, donde los valientes de Pablo y Marco se bañaron (debería quizás ser más cuidadosa a la hora de hablar de valentía en cuanto a lo que amigos y baños se refiere… que por ahora tenemos la súper referencia de Vojta y Ale bañándose en enero en los lagos de Croacia y oye… eso sí que sí era valentía). Se dieron un baño de salud, nos echamos una siestecita, y nos tomamos un cafelito, en donde volvimos a vivir el reencuentro; MJ había hablado con Alberto, que había seguido su ruta con su amiga hasta Dubrovnik por su cuenta, y ella partía desde allí mismo ese día para España. Pero no Alberto, que está de Erasmus en la República Checa, que se uniría entonces a nosotros para proseguir su viaje al menos hasta Ljubljana.

Así que ya con Alberto en el pac, con nuestro nuevo fichaje, fuimos hasta Trebinje, donde haríamos noche en lugar de hacerlo en Dubrovnik por motivos económicos. Y volvería a hacerlo un millón de veces.

Si el hostel y el hostelero de Kotor me habían parecido increíbles, era porque aún no había entrado en el hostal Polako. Tal y como cruzábamos la frontera entre fuera-la calle y dentro-el hostel, Lauren y Bartek nos hicieron sentir que cruzábamos hacia el paraíso. Casi ni tiempo tuvimos de dejar los macutos en el suelo, cuando ya estaban preguntándonos que si queríamos un traguito de Rakija o una cervecita. Estaban en el saloncito del hostel ambos dos esperándonos, sentados en el sofalito donde nos animaron a sentarnos. Lauren, americana, y Bartek, polaco, que ya me lo advirtió MJ, se habían conocido hacía unos años en Ucrania, habían empezado a estar juntos y, hace unos meses, acababan de abrir el hostel en Trebinje, Bosnia. Nosotros éramos los hospedados número 15, según nos contaron. Y ellos fueron los mejores hosteleros del mundo.

Desde que llegamos, no paramos de charlar. Bartek preparó una pizza casera para cenar (miento, fueron dos… que cuando nos la pulimos hizo otra), y nos la comimos mientras no paraban de ofrecernos cerveza, agua-aquarius (yatusabe, padre), de todo. Estábamos todos (todos, todos) felices. Esa noche, nos explicaron a dónde podíamos ir a tomarnos algo, en qué barecillos creían ellos que habría fiesta y, aunque sin ellos (que mal no habría estado salir con ellos de parranda), salimos nosotros y estuvimos de bar en bar un ratillo. Nos hicimos un par de colegas bosnios y un par de colegas bosnias y acabamos en un bar donde había música en directo; un grupo cantando una especie de rock-metal-oloquefuese, lleno de bosnios charlando tranquilamente en sus mesas y MJ, Alberto y yo bailando como locos.

Y tras esto, fuimos al hostel, donde entre charla y charla mientras que nos metíamos en las mejores camas del mundo mundial, probablementelamejorcamaenlaquehedormidoenmivida (o igual me estoy dejando llevar por la excitación del momento), Alberto no charlaba, sino que roncaba. Todos estábamos aún casi sin acostarnos, y tratamos de hacer todo tipo de truquitos para que parase; empezamos con el típico k, k, k (el mismo que se le hace a los perros para que se vayan), proseguimos con el shhhhh, y acabamos moviéndole la cama, moviéndole los pies, acabó Marco tocando las palmas a un palmo de él, y nada. Le dejamos dormir y finalmente, todos dormimos como angelitos.

Y como ángeles que dormimos, despertamos en algo así como el cielo; Bartek nos había preparado el desayuno. La mesa estaba puesta, con todo preparado encima, cereales, mermeladas, pan, queso, tomate, pimientos, cebolla (estos guiris, que son muy guiris pa tó), nos preparó el café (por supuesto en cafetera turca), y, el plato estrella, cocinó para nosotros una especie de crepes con… manzana dentro. Estaban increíblemente deliciosos. Si ya en nuestra mañana en Mostar habíamos desayunado como si fuese el último desayuno de nuestras vidas, aquí lo hicimos más, sin dar crédito al súper desayuno que Bartek nos había preparado.

Al cabo de un rato, apareció Lauren por la cocina, a quien felicitamos todos; era su cumpleaños. ¡Lauren cumplía 25 años! Proseguimos con las charlas y llegó la temida despedida, foto grupal, firma en el libro de firmas que apenas estaba estrenado, y tristeza por separarnos. Nosotros, les deseábamos suerte. Ellos, nos decían, “no hace falta que os vayáis, podéis quedaros unos días más…”

(de dcha a izda, Bartek, Lauren, MJ, Marco, Pablo, Alberto, yo.)

Y con más pena que gloria, los dejamos en Polako y pusimos rumbo a nuestra última etapa del viaje: Split-Zadar-Ljubljana.

domingo, 19 de abril de 2015

Balkan trip III- Mostar & Kotor.

Al día siguiente, y para continuar con nuestro turismo bosnio, pusimos rumbo a Mostar. En nuestro camino paramos en Blagaj, un pueblecito donde visitamos un templo musulmán junto al cristalino rio Bruna, y en el que había que entrar descalzos y MJ y yo tuvimos que ponernos un velo para poder visitarlo. 

Mostar, más pequeña que Sarajevo y más al sur que ésta, también sufrió bastante durante la guerra. No soy muy buena en temas históricos por lo que me salto las descripciones que puedan surgir, pero recomiendo leer acerca de ello porque es bastante interesante. 

En Mostar ya no hacía nada de frio. Temperatura media, lo que conlleva que el hostel tuviese la calefacción ya desactivada y lo que acarrea un frío pelón nocturno en la habitación-nevera que ni el cuarto de Migue en Tahivilla en invierno. 

Mostar es su puente. Callejuelas empedradas llenas de tiendecitas con productos típicos, mezquitas, iglesias, y edificios destrozados por la guerra. 



En Mostar, y para ayudar a los tránsitos intestinales de los presentes, no ingerimos carne típica sino que nos cenamos una gigantesca ensalada. El desayuno del hostel estaba incluido, así que medio por nuestro espíritu gorrón, medio por nuestras vengativas almas debido al frio pelón que pasamos durante esa noche en la habitación, arrasamos la cocina por la mañana. Desayuno incluido consistente en: llegar a la cocina y comer todo lo que y cuanto quieras. Una nevera repleta de yogures, mermeladas y leche nos esperaba, junto a cereales, café, té, y hasta pan del día. Desayunamos como si de la única comida del día se tratase, y nos marchamos.

En el hostel de Mostar, estuvimos hablando con el chaval que allí trabajaba y con su novia. Les comentamos nuestras intenciones de visitar Trebinje en un par de días, una ciudad bosnia en la que dormiríamos el día que visitásemos Dubrovnik (en Croacia) y, para nuestro asombro, el muchacho mostró una increíble excitación, pues él era de Trebinje, y nos recomendó que fuésemos al hostel Polako.

Esa mañana, dejaríamos Bosnia para poner rumbo a nuestro siguiente destino: Kotor, en Montenegro. En nuestro camino a Kotor, paramos en Trebinje, ya que nos pillaba de camino, para reservar en el hostel Polako. No sabíamos la dirección pero, tras preguntar a varias personas (algunas no sabían de qué hostel les hablábamos), lo localizamos y MJ entró a reservar. A la salida, le pregunté que qué tal pinta tenía y su contestación fue "muy buena, hay un chaval que desde luego parece polaco".

A decir verdad, de pocas de las ciudades que visitamos en nuestra balkan trip tenía idea de antebraso; pero sin duda, Kotor fue una de las mayores (y mejores) sorpresas. Según wikipedia, que me ayuda de vez en cuando a la hora de escribir estos relatos, Kotor es declarada por su belleza excepcional Patrimonio de la Humanidad. No sé muy bien eso qué significa- qué acarrea (probablemente yo por lo subjetivo de mis pensamientos también proclamaría a Ljubljana como Patrimonio de la Humanidad, y a Tahivilla, qué se yo, o a Teatinos), pero suena muy bien.

La llegada a Kotor, escuchando mi nueva canción favorita eslovena (Mi Plesemo), adentrándonos en un fiordo con muchísimas montañas y pueblecitos creciendo en las laderas, fue de lo más emocionante. Y allí nos esperaba lo que -hasta entonces- me pareció el mejor hostel de la excursión, el Hostel Montenegro. El muchacho de la recepción, un chavea moreno y flacucho, no paraba de charlar. Nos dio algunas instrucciones de la ciudad y de cómo movernos al día siguiente y, tras nuestra primera vueltecita por el pueblo, para mi gusto muy muy bonito (muy recomendable), muy acogedor, con callecitas de piedra preciosas y, quizás bastante turístico pero perfecto para las fechas en que estuvimos, sin demasiada gente, nos cocinó sopa de pasta. 

Oséase, una sopa sabor avecrén con macarrones flotando pero que, qué rica. Él se comió tres platos y, tras esto, y mientras nosotros seguíamos haciéndole un favorcillo a nuestros intestinos con otra súper ensalada, no paraba de deambular de un lado para otro del hostel haciendo ruidos guturales, con la mano en el estómago y explicándonos que se había pasado con la cena. 

Tras esto, puso música de maquineo, que no sé yo a qué estómago podría eso venir bien, y al cabo de un rato y mucha charla, nos fuimos a dormir.

Amanecimos en Montenegro muy temprano, pues queríamos visitar la fortaleza, y antes de las ocho de la mañana seguía siendo gratis y, minutos después, amaneció el muchacho de la recepción. Con su misma sonrisa y esa hiperactividad matutina, nos cocinó un café a lo turco (como lo beben por todos estos países, y que, debido a su oscuridad, también favorece los tránsitos intestinales) que nos bebimos con ganas y nos dispusimos a visitar el super fuerte de la ciudad.




Caminata matutina, sigue subiendo, sigue subiendo, y aunque sudando, llegamos a la cima, aún sin turistas, desde la que se veían unas vistas geniales de toda la zona. La noche anterior, el muchacho del hostel nos había regalado un huevo de pascua a cada uno, un huevo cocido, pero a mí, aún teniéndolo un poco abierto, se me había olvidado comérmelo. Y me había invadido el apuro, y lo tuve escondido toda la noche en la habitación del hostel, para que el muchacho no se pensase que no me había gustado su regalo. Así que allí, en la cima, hicimos entrega a la santa naturaleza del huevo de pascua. Y con esto, dimos pie a la bajada, que concluyó en encontrarnos con muchos guiris pagando para tener que hacer lo que media hora antes habíamos hecho nosotros for free. 

Así que aún más felices si puede, cogimos nuestros macutos, y nos metimos en el coche de nuevo con destino más sol; Dubrovnik.

sábado, 18 de abril de 2015

Balkan trip II- Sarajevo.

Escribo esto desde el coche en nuestro camino Sarajevo-Mostar (Lo termino ya desde casa, Ljubljana). MJ conduce y estamos atravesando una especie de cañón que bien podría ser uno en los Picos de Europa. A mi derecha un gigantesco río verde corre, Pablo estudia con empeño su gorda y útil guía de los balcanes, el sol luce en un cielo azul y el termómetro marca 14grados.


Logramos salir de Belgrado, cosa que no fue fácil debido a las señales en cirílico y la terrible orientación en esa ciudad, y pusimos rumbo a nuestra próxima parada. Hay dos formas de entrar en Bosnia, una por el norte y otra por el sur. En Bosnia sólo hay 17 kilómetros de autovía, y no seríamos tan afortunados de pasar por ella. Nuestro camino sería montañoso, y entraríamos por el Norte. Conforme nos alejábamos de Beogrado, todo ya por carreteras nacionales, pasamos por pueblos y pueblos que parecían ser bastante pobres, dispuestos a lo largo de la carretera, a un lado y a otro, y cuyos caminos estaban llenos de camiones.

Paramos para comer en Lesnica, un pueblecito en mitad de la carretera. Nada de inglés en el supermercado, pero un ya muy avanzado nivel de lenguaje de signos nos permitió comprar nuestra comida. Paramos para comer en un banquito bajo unos árboles que aparentaba ser un agradable y bonito lugar, pero abortamos nuestra misión cuando unos chavales con apariencia un tanto quinqui desde el banco de al lado empezaron a gritarnos cosas en serbio, y a saber qué dijeron. 

Así que optamos por nuestra segunda opción, comer en un parquecito siendo observados por todos y cada uno de los lugareños que rondaban por el lugar y con la genial banda sonora de cuervos y más cuervos piando a nuestro alrededor.
La comida, sin separarnos de las navajas para cortar el pan oparaloquepudiesenhacernosfalta, y aunque la atmósfera que nos rodeaba parecía sacada de una película de terror, nos supo a gloria.

Dimos por terminada nuestra comida, y al cabo de un rato de conducción, estábamos cruzando la frontera Serbia-Bosnia con un cedé súper pirata de música serbia típica que compramos por un euro en la tienda de Lesnica. Y ahí comenzaba la parte más bonita del trayecto sobre ruedas.

Como ya dije unas líneas más arriba, para llegar a Sarajevo deberíamos cruzar montañas. Poco a poco la carretera se volvió tortuosa, el termómetro iba bajando y se iban viendo pequeños montoncitos de nieve a los lados de la carretera. Y casi sin darnos cuenta, ahí estábamos, como en la alta montaña, con un termómetro que marcaba 0grados, rodeados de montañas y bosques completamente repletos de nieve y mientras nos nevaba. Fue muy bonito. Y afortunadamente, antes de empezar nuestro viaje, MJ-que había comprobado las temperaturas y climas de los sitios a los que íbamos- cayó en pedir ruedas de invierno para nuestro corsita. Así que no hubo problema, y cuando terminó de nevar, salió el sol por entre las nubes, aún rodeados de nieve, y pudimos disfrutar de unas vistas geniales.



Y al cabo de un poco, ya estábamos viendo de lejos la preciosa Sarajevo a la que nos acercábamos cada vez más. Palabras de wikipedia, la capital bosnia está emplazada en el valle de Sarajevo en la región de Bosnia, rodeada de los Alpes Diny en torno al río Miljacka. El centro de la ciudad está a unos 500 metros sobre el nivel del mar y, rodeándolo, hay muchísimas casitas de colores en las laderas de las montañas que lo rodean, y que llegan a estar a 700 metros de altura. Todas estaban nevadas, fue una llegada preciosa.

Pagábamos por nuestro hostel en Sarajevo unos tres euros y pico por noche. El muchacho del hostel nos llevó hasta donde estaba nuestra habitación, cuesta arriba en una callejuela a unos diez minutillos del centro. Teníamos un parking donde dejar el coche, que compartíamos con dos o tres casas que había al lado y, sobretodo, con dos perrazos que estaban cada uno en una jaula, más tristes que otra cosa, y que a mí me daban un miedo que te rilas. Además, dentro de nuestra habitación de tres literas hacía un frio considerable, cosa que solucionamos poniendo la calefacción al máximo. 

Esa noche, hicimos algo de turismo nocturno. Más de la mitad de la población de Sarajevo es musulmana y, por ello, además de tener pequeñas iglesias repartidas por toda la ciudad, está plagada de mezquitas. Tiene un barrio musulmán que bien podría estar en Estambul o en Tánger; llena de pequeñas tiendecitas donde vendían productos artesanos de todo tipo, así como de barecitos donde pudimos cenar y beber algo durante el tiempo que estuvimos en la ciudad. 



Llega un momento dado cuando vas andando por una de estas calles, en que la cosa cambia de forma radical; los edificios bien podrían ser los que te encuentras en alguna ciudad austríaca (que conste que aún no he visitado Austria, pero es lo que dijeron); arquitectura totalmente diferente, bancos, y las mismas tiendas que puedes encontrarte en un centro comercial de Málaga. Dicen de Sarajevo que es la Jerusalén de Europa, por su mezcla cultural-religiosa. Y esa noche cayeron unos copos de nieve que no sé si eran más grandes o bonitos.

Al día siguiente, desayunamos té en nuestra cocinita del hostel, -que cuando no se tiene ni leche ni nescafé, las bolsitas de té y el agua del grifo te sacan de más de un apuro- y seguimos haciendo turismo. Llama la atención en Sarajevo, impacta, la cantidad de agujeros de balas que hay en los edificios. Vas caminando y si te fijas, siempre puedes ver algún muro repleto de boquetes. La guerra allí fue hace apenas veinte años, y te hace reflexionar, caminamos por algún cementerio (son gigantescos y están repartidos por la ciudad) y todas las tumbas, todas, estaban datadas en las mismas fechas; entre 1992 y 1995. Y muchas de ellas eran de personas tristemente jóvenes.




Frio y muchos perros callejeros en Sarajevo, pero aún así, ciudad acogedora, que te da que pensar y te entran ganas de quedarte varios días más.

Sarajevo, ciudad de reencuentros. Esperando estábamos nosotros cuatro al free tour de nuestro hostel; un recorrido por la ciudad con el mismo chaval que nos había recibido el día anterior y que nos acompañó a nuestra habitación cuando vimos un extraño moño en la acera de enfrente. Alberto es un amigo de Marina de Santander. Vino hace tiempo a Ljubljana a visitarla, y estuvimos con él metelkoveando (no sé si os acordaréis, de un día que os hablé de un concierto de Jelly Bullet en Metelkova, este grupo de españoles que estaban de gira). Alberto se caracteriza (al menos hasta ese mismo día) porque hace mucho tiempo se había hecho un moño y había dejado de peinárselo hasta tal punto que se había convertido en una rasta gigantesca. Así lo conocimos en Ljubljana allá por diciembre, y así lo reconocimos en Sarajevo en la acera de enfrente. Quécosastienelavida, esa misma noche Alberto cogió unas tijeras y dijo adiós a su súper rasta.

Alberto estaba de viaje con Clara, una amiga española, y, casualmente, también estaban en nuestro hostel (en otra habitación) y también iban a hacer el mismo free tour que nosotros. Tras el asombroso encuentro y el no tan apasionante tour, seguimos de turismo por la ciudad, turismo de cocina (mi favorito, deliciosos bureks con yogur y cevapcicis, con yougur natural líquido a modo de agua), y charlas con Alberto y Clara.



Esa noche, concierto de música bosnia (mucho acordeón y guitarrillas) en un restaurante mejicano en Sarajevo, con Alberto y Clara, y algunos coleguis que se habían hecho en el hostel; unos australianos, una alemana, un checomuyguapitoyjovenperopadredefamilia, una alemana y Antonio, un francés que había estado viviendo en Mongolia y ahora venía desde allí haciendo autostop desde hacía ya ocho meses. Además, estuvimos en un pub irlandés, que las buenas costumbres no hay que perderlas por muy lejos que se esté de casa e hicimos intercambios de teléfonos.

Al llegar a casa, MJ tenía el número de Alberto, y Pablo el correo de Antonio. Por lo que pudiese surgir…

miércoles, 15 de abril de 2015

Balcan trip I- BeoBeo

Escribo esto desde el salón de nuestro hostel. Y queridos lectores, ese pronombre posesivo deberíamos tomarlo más al pie de la letra que nunca porque ayer, charlando con la mujer encargada del hostel, nos dijo que hoy estaría muy ocupada y que, ya que les parecíamos buena gente, nos dejaría las llaves del hostel para que campáramos a nuestras anchas. Así que esta mañana salimos, apagamos luces y cerramos con llave la puerta de Indigo, el hostel cuya puerta hemos vuelto a abrir como quien vuelve a casa hace un rato tras nuestro duro día de turistas en Belgrado. 

He de confesar que eso de usar el adjetivo duro para describir un día de turismo con Pablo, Marco y MJ en la capital de Serbia, es discutible.

Pero antes que nada situémonos; volví de mi viaje en la República Checa y apenas estuve dos días en Ljubljana sin excesivo meneo. En esos días, postcheca-prepadres, tocó decir adiós a Giada. Si algo ha caracterizado mi amistad con la italiana de eterna sonrisa durante mi estancia erasmus, ha sido cuánto nos hemos reído; ya podíamos estar de fiesta, tomando un café, haciendo uso de nuestro amado studentskiboni, en clase o en la agridulce biblioteca durante largos días de duro estudio que siempre, siempre, y no sé aún muy bien cómo, bastaba con hablar dos minutos con Giada para estar ambas riéndonos a carcajadas. Recuerdo cuando la conocimos en Bled, nuestra primera excursión que hicimos cuando MJ y yo aún ni si quiera teníamos un piso propio en el que dormir y recuerdo que, aunque hablamos ese día poco, pensé que parecía buena gente. Y digo que si lo era. Hasta el último día estuvimos riendo. La fiesta de despedida, con tartas, fotos, algún que otro chupito y bailes, bailes como si no hubiera un mañana, y para no desentonar en esta tan divertida amistad con Giada, fue más de risas que de lágrimas. 

Al día siguiente llegaron mis padres con sus insaciables ganas de hacer turismo e intentar al máximo convertirse en ciudadanos eslovenos pateándose Ljubljana como Pedro se patea su casa. Y Plitvice, Zagreb, cuevas, Piran, Bled otra vez. Y así, con mucho turismo familiar y alguna visitilla nocturna al Irish pub, pasó la semana pasada, que terminó con un adiós a mis padres en la puerta de mi casa y un desearnos buen viaje mutuamente. Ellos, hacia Málaga. Yo, hacia Belgrado. 

La primera etapa de nuestra Balcan trip se desarrolla en Serbia. He de reconocer antes de que se siga desarrollando el viaje con las diferentes paradas en los distintos países, que antes de partir tuve que mirarme el mapa para saber (más o menos, que tampoco es que ahora esté cien por cien segura de hallarme donde me hallo) por dónde pasaría esta semana. 

Nuestras dos primeras noches han sido en Belgrado. Empecé a escribir esto desde nuestro hostel pero por circunstancias de la vida, tuve que sacrificar el blog para cenar unos exquisitos macarrones con tomate así que sigo escribiendo y ahora desde el coche. Nuestro siguiente destino, Sarajevo.

Conforme nos alejábamos de tierras eslovenas y nos adentrábamos en una croacia cercana a Serbia, fuimos dejando atrás las montañas, riachuelos y pueblecitos rodeados de verde para encontrarnos en rectas carreteras sin una sola colina alrededor, árboles a lo lejos y escasas señales de vida.

Paramos para comer en una estación de servicio croata. Hacía frío y llovía un poco, así que hicimos uso del salchichón de MJ y la exquisita chistorra sentados en el suelo bajo un techo sin nadie a la vista. Entramos en lo que ponía Restaurante a tomar el cafelito. Y creo que ese fue el cafelito más oscuro de mi vida. Y no por su color, ni por la poca luz del sitio. Sino por lo turbio y tenebroso del lugar. Dos bocadillos en la vitrina y ni rastro de lo que pudiesen ser los chefs del restaurante. Éramos los únicos allí, en medio de la nada, con un camarero en traje de chaqueta y con lo que era, estamos seguros, una cicatriz de bala en el cuello. 

Nos tomamos un café por el que casi nos cobra un ojo de la cara pero no protestamos porque, quién sabe, igual entonces nos cobrase literalmente el ojo de la cara. 
Proseguimos nuestro camino dirección Belgrado con el consiguiente y excitante cruce de frontera escuchando A horse with no name y al cabo de unos kilómetros llegamos a nuestro destino.




Debido a que ya todas las señales comenzaban a estar escritas en cirílico, a que Belgrado es una gran ciudad y debido también a nuestra ciega fe en el GPS, nos perdimos un poco. Llegamos a lo que se suponía era nuestro céntrico hostel, en las afueras, a través de una carretera medio levantada, donde había que ir evitando boquetes en la carretera, sin líneas pintadas y con los conductores serbios pitando sin parar, chispeando y allí no había hostel. Para salir de esa callejuela teníamos tres opciones: dos de ellas eran calles prohibidas, y la otra estaba ocupada por un socavón que la hacía intransitable. Por lo que tuvimos que recorrer un par de callejuelas prohibidas para salir de allí pero no hubo problema; los serbios conducen como les sale del alma. Metiéndose en el carril contrario, sin usar intermitentes, pitando sin más. 


(Marco y MJ en ese momento mostrando felicidad total ante nuestra completa pérdida en las afueras de Belgrado.)

Así que redireccionamos como pudimos nuestro GPS y al cabo de un rato llegamos al centro de Beogrado. Ciudad Blanca es el significado de Beogrado, y es una ciudad de contrastes. Nuestra hostelera nos recomendó muchos sitios de interés turístico y social, y esa noche nos zampamos un rico cevapcici. El cevapcici es una comida consistente en varias salchichas de carne metidas en un pan de pita, con cebolla cruda y (a veces) una salsa de pimiento-Ajvar. Para no desentonar y ser lo más típicos posible nos lo cenamos en un bar mientras veíamos a Djokovic jugar.


Algo que debéis saber de todas la ciudades que hemos visitado durante nuestra Balkan trip es que, a diferencia de España, se puede fumar en los bares. A priori este dato es un dato sin más pero, cuando reciclas y reciclas ropa empapada en humo de tabaco, acaba siendo bastante asqueroso.



Al día siguiente, estuvimos haciendo intenso turismo por la ciudad. Si ya en Praga conocí al peor guía del mundo, en Beogrado conocimos al mejor. Un chaval llamado Zejlko que hablaba sin parar y por el que teniamos casi que respirar los demás; Zejlko incluso nos invitó a un chupito de Rakija, el típico licor serbio y también nos dio a probar Ajvar, una especie de crema hecha de pimientos (estos balcanes comen mucho pimiento) y que estaba buena tela. Finalizamos nuestro tour con un gran y merecido aplauso, y seguimos de turismo por nuestra cuenta. Tanto los serbios como los bosnios comen carne sin parar. Vas andando por las calles y huele a carne que alimenta.



Visitamos alguna iglesia, una gran fortaleza que ha vivido más de cuarenta ataques a lo largo de la historia, y todo tipo de edificios. Belgrado es la única ciudad europea irrigada por dos grandes rios; por una parte, el rio Sava, que también abastece de agua a nuestra querida Eslovenia (Richard lo sabe mejor que yo) y a Croacia, y el Gran Danubio, nuestro ya amigo al que conocimos en Budapest.



Esa noche, y haciendo caso a los consejos de Zejlko, fuimos a vivir en primera persona lo que es una Kafana; música en directo, un grupo tocando música serbia (acordeones, guitarrillas y canturreos) en un barecillo, moviéndose de mesa en mesa y al que la gente de las mesas les va dando dinero según les vaya gustando cada vez más; más rakija, más dinero, más animada la música. Según nos contaron, suele pasar que la música lleva al baile (nivel uno), el baile lleva al baile encima de las mesas (nivel dos), y éste último lleva a borracheras bajo las mesas y elementos más avanzados (nivel tres). A ese punto no llegamos nosotros, nos quedamos en la fase del baile. Y nos fuimos a dormir como troncos gracias al rakija maldito.



Y esa fue nuestra segunda noche en nuestro hostel de Belgrado. Al día siguiente, visitaríamos el museo de Tesla como fan números uno de él que somos, y pondríamos rumbo a Sarajevo.



Antes de abandonar Beogrado, nos tomamos el primer burek de la excursión. Creo que ya os hablé una vez del burek, esta especie de empanada que puede estar rellena de queso, carne, espinacas o patatas. Ya lo descubrí en Ljubljana pero Marco ha venido a esta excursion por burek reasons, y tras probar esa exquisitez, empecé a comprenderle.