lunes, 24 de noviembre de 2014

Padova Stelar (primera parte).



Mi historia de este fin de semana comienza en la estación de autobuses de Ljubljana. Es ahí donde había quedado el viernes con Elisabetta, la dueña de ese Honda Jazz rojo que haciendo BlaBlaCar me llevaría a Padova. El motivo por el que este fin de semana iba a Padova (en el norte de Italia, a tres horas en coche) era para ir a un concierto de Parov Stelar. Me encontraría allí con Félix, un alemán de mi clase, y con otros tres alemanes: el guapo de Andreas, Jana y Xenia.

La razón por la que yo no había ido con mi nueva pandilla alemana hasta Padova (una de ellas) es que el mismo viernes, tuve un examen oral de Ophtalmology, el cual aprobé (¿exitosamente?), y con cuyo profesor hablé de Picasso. Así que mi viaje a Italia sería una buena forma de celebrar ese aprobado.

Elisabetta me llamó por teléfono un poco enfadada; estaba esperándome, y no me veía. Yo también la esperaba a ella, pero la estación de autobuses está con la de trenes, y no nos fue fácil. Me dijo, había estado gritando en mitad de la estación a todas las chicas que veía, “Celia, Celia!” y, según ella, la gente la miraba como si estuviese, o borracha, o loca. Y ella no era ninguna de las dos cosas.

Elisabetta era una señora de unos 55 o 60 años, que viajaba con su prima de copiloto (que sólo hablaba italiano) y otra señora a la que acababan de conocer, que también iba usando el BlaBlaCar y era de Croacia. Parecía que estaban hechas la una para las demás; pegaban muchísimo. Eran tres señoras con sus abrigos y sus maquillajes que venían, la croata de trabajar, y la prima de Elisabetta del dentista (¿). Elisabetta, tras disculparse por su cabreo inicial conmigo, hizo amistad hablándome en español todo el rato. No sé en qué trabajaba, pero era aficionada a la arqueología (no le pegaba ni con cola). En mitad del camino, hicimos una parada para ir al servicio, y a Elisabetta se le ocurrió la idea de cambiar la maleta que viajaba atrás con la croata y conmigo y meterla en el maletero para que viajásemos más cómodas. Su prima y la mujer de Zagreb se quitaron del medio para hacer sus respectivos pises y ahí me quedé yo, ayudando a Elisabetta, que sacaba todas las cosas del maletero y las volvía a meter EN LA MISMA DISPOSICIÓN, y estaba muy extrañada de que no entrase la nueva maleta. Ahí descubrí que esta señora, que no tenía hijos y había estado en España alguna vez por trabajo, a quién hablé de Atapuerca, tenía una bolsa llena de tapones de plástico y otra con vidrios como de reciclaje y, llegué a la conclusión de que, papá, habría hecho buenas migas contigo. 

Durante el trayecto, me dormí un poco, y la croata también, aunque creo que quería un poco disimularlo; me desperté escuchando cómo hablaban de la “ragazza que estaba addormentato”. Así que les dije que estaba despierta, y, cuando escucharon mi hipo (que decían, era porque alguien se estaba acordando de mí), me preguntaron que si tenía novio. Les dije que no, y entre todas, llegamos a la conclusión de que mejor, que “calma y libertad”.

Todo eran risas hasta que Elisabetta me preguntó acerca de mis planes al llegar a Padova. Yo, que había salido un poco escopeteada de casa tras mi examen del viernes, no había mirado ni un mapa de la ciudad. Sólo sabía que mi hostal estaba “cerca del centro” y tenía apuntado el nombre de la calle. Allí, se hospedarían también los alemanes con los que iría al concierto, pero de eso no estaba segura del todo.

Y ese plan mío así un poco en las nubes se ve que a Elisabetta (quizás con un poco de instinto materno sobre mí) no le gustó demasiado. Me decía, un poco enfadada, que cómo se me ocurría viajar sin más información de dónde estaba mi hostal ni el concierto, que cómo pensaba ir desde la estación (donde ella me dejaría) hasta mi hostal (¿preguntando no se llega a Roma?), que por qué no llamaba a mis amigos, que por qué me iba a quedar sola. 

En fin, que Elisabetta, una mano en el volante y la otra en su teléfono móvil, llamó a Valeria, una amiga suya para preguntarle exactamente dónde estaba la calle de mi hostal y, tras dejar a su prima en casa y a la croata en la estación, Elisabetta, con un gran abrazo y una disculpa por sus formas al ”enfadarse” conmigo, me dejó en la mismísima puerta de mi hostal.

Allí, me puse en contacto con Félix, a quién me uní en seguida, y, junto con los demás alemanes, pusimos rumbo al Gran Teatro Geox. 

Pero antes, dejé mi mochila en la habitación G del hostal, un cuarto con seis camas en el que había una señora muy grande, mayor, que hablaba sola y tenía cara de pocos amigos.

Al concierto fuimos en taxi (tal y como Elisabetta me había advertido), y fue genial; estuvimos unas tres horas, y el grupo (el cual descubrí hace un tiempo gracias a Gumer por Facebook) estuvo muy guay. Bailamos mucho, mamá.

Nos bebimos un spritz, una bebida típica italiana, y nos volvimos al hostel. Cuando llegué a mi habitación, había otra chica durmiendo. Ella me abrió la puerta, que estaba cerrada y, tras desearnos buenas noches, caí profundamente dormida.
Había sido un día genial.

A la mañana siguiente, desayuné con los alemanes a las ocho de la mañana, que era la hora a la que había desayuno en el hostel, y estuve charlando con mi compañera de habitación. Ella estuvo parloteando en italiano con la señora grande de las malas pulgas; resulta que estaba enfadada porque la mujer de la recepción, sin por qué alguno, se había negado a darle una copia de las llaves a ella. Entendí algo de la conversación, pero Giulia me lo explicó en inglés, tras lo cual me despedí de ella, pues ya yo dejaba el hostal y esa tarde me volvería a Ljubljana.

Puse marcha con los alemanes dirección visitar Padova. A Félix y Andreas, en el hostel les habían recomendado un mercado muy bueno al que ir, que estaba cerca de la estación. Así que tras comprar nuestros respectivos biglietis en la estación (Andreas y Jana se irían esa tarde a Venecia; Félix y Xenia volverían a Ljubljana, aunque en un autobús diferente al mío) fuimos a este mercado; era un mercadillo con seis puestos un poco hippies en los que los vendedores eran los mismos que producían aquello que vendían. Con el muchacho que vendía orégano estuve hablando en italianini-españolo, y los alemanes aprovecharon para comprar miel, peras y queso.

Tras esto, Andreas y Jana se fueron a Venecia, y yo me quedé con Félix y Xenia haciendo un poco de turismo. Los alemanes son muy buena gente, pero muy diferentes a nosotros y a los italianos; son como muy calmados, nada de hacer ruido ni liarla parda en ciudades extranjeras. Comimos algo sentados en una de las plazas principales de Padova, al sol (¡Vente a Italia para volver a ver la luz del sol!), y ellos partieron rumbo hacia Ljubljana en su autobús, y yo me quedé haciendo un poco de turismo, pues mi autobús salía una hora después.



Esa mañana, yo ya había preguntado con mi biglietti en mano, dónde debía coger mi autobús. “PLATFORM 12”, me dijeron. “DESTINAZIONI INTERNAZIONALI”, ponía en un cartel. Mientras esperaba a mi autobús que no llegaba, cedí a hablar con unos Testigos de Jehová, que me preguntaron que dónde creía yo que estaban las respuestas de las cosas de la vida, si en la Ciencia, que fue lo que contesté, o en la Religión Quizás debí haber contestado Religión, quién sabe, porque ni el Testigo de Jehová estuvo de acuerdo conmigo, ni la Ciencia supo explicarme por qué mi autobús al andén 12 nunca llegó.

Gracias a la ayuda de otra señora croata que se bajó de su autobús para ayudarme, y tras ir con ella de aquí pallá y hablar con algunos italianinis en la estación de autobuses, pude saber que mi autobús no paraba en el andén 12 sino en OTRA CALLE diferente y que, por supuesto, ya lo había perdido, y no iban a darme el dinero.

Eran las cuatro de la tarde más o menos, y no había ya forma de viajar ni en autobús ni en tren hasta Ljubljana. Poco a poco, mis nervios-desesperación aumentaban, mientras la batería de mi móvil disminuía. En la estación de trenes, donde se me hizo de noche, nadie me pudo ayudar. Hablé por Facebook con Giada, una amiga italiana que estuvo intentando decirme todas las opciones que tenía, pero era demasiado tarde para todas.


Así que, tras maldecir un poco a los autobuses y trenes italianinis, a mis 26 eurotes perdidos en mi biglietti maldito, y a el cuarto de baño de la estación para el que tuve que pagar por entrar, y tras haberme arrepentido de no ir con el guapo de Andreas (y con Jana también) a Venecia, y aún sin mapa (si Elisabetta me viera…), decidí poner rumbo de nuevo al Ostello della Gioventu.

1 comentario:

  1. Comentario de Rikardo (primera parte)

    La verdad es que ha sido un post muy emosionante, especialmente el final, cuando te vuelves a encaminar al Ostelo de la Giuventuti y el lector se pregunta ¿... llegará? ¿No llegará? ¿Qué aventuras le sucederán en el camino...?

    El viaje en blablacar con las mujeres de "aquí no hay quien viva", tuvo pinta de ser divertido, aunque no me quedó muy claro lo del trasvase de maletas desde el maletero hasta el maletero, no sé si por un error tuyo de expresión o mío de neuronas. La Elisabetta me pareció un buen contacto, y tengo la corazonada de que no será la última vez que escuchemos hablar de ella en este blok.

    Ya me dirás qué receta hacían los alemaninis con miel, queso y peras, que ahora me ha dado por la cocina contemporánea. El video, si te soy sincero, no lo he visto.

    Espero ansioso la lectura de la segunda parte de este relato.

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