viernes, 27 de marzo de 2015

Czech it.

Después de haber hecho mi examen de Gastrointestinal Tract, un examen un tanto especial y con un profesor a lo Garfunkel muy simpático, nos fuimos a celebrar que comenzaban unas cuantas semanas de vacaciones. (Tengamos en cuenta que el hecho de que existan VACACIONES mientras que una está de erasmus es, cuanto menos, curioso.) Mientras lo celebrábamos en una terraza al sol como si en España nos encontrásemos, Matej me escribió un mensaje, diciéndome que finalmente saldríamos una hora más tarde de la hora acordada.

Matej era mi contacto para ir desde Ljubljana hasta Brno; un muchacho rubio, alto, de ojos azules y sonriente que, además de llevarme a mí, llevaría a otros dos chavales hacia Graz y Praga. Así que allí estuve a tiempo, después de haber celebrado nuestro seguramente-esperemos-aprobado examen y tras haber comido en un brasileño, cuando apareció Matej.

En el asiento de delante se sentó el chaval que iba hacia Praga, mientras que atrás se sentó el de Graz conmigo. Al principio todos empezaron a hablar en esloveno entre ellos, por lo que lógicamente di por perdido el viaje. Y más por perdido aún lo di cuanto el copiloto se puso sus propios auriculares para escuchar música y el chaval que iba detrás conmigo se quedó dormido y empezó a roncar. Por lo demás, el camino se me hizo ameno. Dormí hasta que desperté en una carretera por la que tuve una super especie de déjà vu. Era una carretera en línea recta, con campos a los lados, repletos de molinos cuyas luces parpadeaban igual que lo hacen los molinos que hay a los lados de la carretera que va de Facinas a Tahivilla. Había incluso un pueblo, y por un momento creí estar llegando a Tahivilla. Pero no. Al cabo de un rato estaba en la estación de trenes volviendo a abrazar a Agáta después de un mes sin hacerlo.

Allí ya estaba Weronika, la chica polaca con la que yo había organizado el viaje, que había estado visitando Viena el día previo y por eso no viajamos juntas hasta allí. Un viernes hace unas semanas, estando de fiesta en Metelkova, entre baile y baile le pregunté a Weronika que si se quería ir de viaje conmigo. Su contestación fue: “of course!”

Y días después, ahí estábamos, bebiendo cerveza checa y comiendo queso español en casa de Agáta, quién sería nuestra guía durante el turismo en la ciudad de Brno.

Si ya yendo hacia allí me había sentido casi como en casa debido a la semejanza del camino con el de Tahivilla, aún más acogida me sentí cuando sentí el viento que soplaba en la ciudad. Además, Agáta, que asiste a múltiples clases de español y habla (poco, porque le da vergüenza, pero algo he logrado sacarle) con un acento muy gracioso, está planeando ir este verano a España con unas amigas, y tenía en casa múltiples guías y mapas, en checo, más bien del año catapún, y en uno de los cuales ¡¡aparecía Tahivilla!! por lo que aún me sentí más cerca de mi sur.

En cuanto a Brno, me encantó. Me he dado cuenta con la existencia de pasodesopa, de que se me da muy mal describir ciudades. O describir cosas en general. Me quedo con impresiones generales, pero no sé después muy bien explicar cómo es la ciudad. Brno es la segunda ciudad más grande de la República Checa, y es muy bonita. Es la ciudad a la que originariamente queríamos MJ y yo (más MJ que yo, yo no tenía ni idea a decir verdad) irnos de Erasmus. Habíamos escuchado que había mucho ambiente universitario y, en efecto así es. Hay mucha gente por las calles (supongo que influyó que brillaba un espléndido sol) y sobre todo mucho estudiante. Visitamos el castillo, la catedral, las calles del centro todas transitadas por mucho tranvía, comimos una carne típica checa con un huevo cocido en su interior, bebimos alguna cerveza típica (sólo catarla, váyase a creer usted señor Padre mío), nos comimos un helado por la calle y nos fuimos a la estación de autobuses donde pondríamos rumbo a Praga, la capital.

Nuestro autobús era uno de los múltiples autobuses amarillos (que me pregunto yo si sabrán de la existencia de Los Amarillos) que había esperando en la estación. Agáta nos había contado previamente que en el autobús que nos llevaría a Praga podríamos tomar free coffee. Así que mi excitación pre-autobús amarillo estaba por las nubes. Más aún subió cuando descubrimos que en cada asiento había una pantallita en la que podíamos o ver una película, o escuchar música, o ver en el mapa por dónde íbamos o, mejor aún, jugar a millones de juegos en los cuales me hice una total experta. Así, jugando al volleyplaya, al solitario o al pingpong, bebiendo cafelito gratis y apoderándonos de los asientos de la última fila, se pasó el viaje hasta la capital de la República Checa.

Gracias a la orientación de Agáta, llegamos (yo me dejé llevar más bien) a nuestro hostal, céntrico, en el que pagaríamos menos de 4 euros por noche. Esa noche nos encontraríamos con Vojta, que vive en Praga, junto a la estatua de San Wenceslao. Allí estaba esperándonos, con una inmensa sonrisa y preparado para guiarnos por sus bares favoritos de Praga. Queridos lectores, para aquellos que no le conocéis, Vojta es de esos en los que confías cien por cien si de lo que se trata es de bares. Así fue; estuvimos en un bar precioso donde las cervezas llegaban a nosotros a través de un trenecito que recorría el bar entero, se paraba al lado de tu mesa y te permitía así mismo poner los vasos vacíos una vez acabadas.

La noche prosiguió con algún que otro bar más e incluso hicimos turismo nocturno. Subimos a una colina en la que hay un metrónomo gigantesco y paseamos por el solitario Charles Bridge. Por la noche, Praga está súper bien iluminada. Algunos de los edificios que vi tanto por la noche como durante el día, me gustaron incluso más de noche. Pero sobretodo, Praga gusta de noche porque hay mucha menos gente por las calles.

A la mañana siguiente, Agáta, Weronika y yo debíamos estar a las 11 en la Old Town Square para hacer una ruta guiada for free por la ciudad. Eso de que las rutas son “for free”, es relativo. Al principio, no tenía ni idea, y en nuestro free tour, MJ y yo en Zagreb no le dimos ni un mísero céntimo a la simpática chavala pero, luego en Budapest aprendimos, y al free tour se acude con algo de dinero en la cartera.

Lo que empezó con risas y optimismo, acabó con unas intensas ganas de que el free tour acabase y de que ese maldito guía que nos guió por la ciudad callase de una vez. Hablaba sin parar, hablaba sin sentido, si no sabía una palabra simplemente no la decía, sólo decía, con cada edificio que veíamos, que ese era el más bonito del mundo de ese estilo arquitectónico y cosas por el estilo. Afortunadamente, Weronika, que estudia historia del arte, pudo hacerle callar un par de veces. Terminamos prácticamente odiándole y, para colmo, ¡tuvimos que pagarle! Le dimos un eurillo y nos fuimos a investigar por la ciudad por nuestra cuenta y con Vojta, que nos haría de guía y sería, indudablemente, el mejor guía que pudiese existir en el mundo entero.

(De derecha a izquierda Vojta, Agáta, Weronika, yo.)

El punto negativo de mi visita a Praga es la cantidad de turistas que había; muchísima gente en todas partes, gente que visitaba la ciudad en grandes grupos y en pequeños, europeos, asiáticos, gente de todas las edades haciendo turismo por la ciudad. Pero, el punto positivo es todo lo demás. La ciudad en sí es preciosa. Tiene edificios preciosos. Calles preciosas. Toda está llena de suelos empedrados, iglesias muy bonitas y todo muy ambientado por la próxima llegada de la semana santa. Me imaginaba a una Praga gris y me he topado con una Praga colorida, con muchos músicos callejeros de esos que tocan que te rilas y mucha vida en toda la ciudad. Fuimos al castillo, a la catedral, nos subimos a la hermana pequeña de la Torre Eiffel, que está allí, desde donde se veía toda la ciudad, cogimos tranvías sin pagar, anduvimos, anduvimos y anduvimos más.

Y esa noche conocimos a Tomáš, un amigo de Vojta a quién nos definió antes de conocerle como “el tio más rubio del mundo” en un concierto de rock&roll-country. Tomáš era o muy muy rubio, o albino, no sé, pero Vojta clavó la definición. Tomáš reía y reía sin parar, y bebía cerveza a un ritmo al que yo no podría ni agua beber. Pequeñillo, flacucho, como sin sitio en su cuerpo donde albergar tal cantidad de líquido. Pero genial. Después de ese conciertillo estuvimos en un par de bares y finalmente, nos fuimos a dormir.

Nuestra última mañana en Praga la pasamos las tres haciendo algo más de turismo y, en contra de las previsiones, ni si quiera la lluvia nos pilló. No he hablado del reloj astronómico que hay en la Old Town Square, pero está guapísimo. Tiene muchísimos detalles que no sabría bien describir pero, a las horas en punto, comienzan a moverse todo el conjunto ajetreado de apóstoles y más cosas y todo el mundo se agolpa a sus pies para ver el espectáculo. He de decir que nosotras, en un par de intentos fallidos por pillar el reloj a las en punto, terminamos viendo cómo es por internet.

Y así se acababa nuestra aventura en Praga, con una espera casi de dos horas a Allen, el chaval que nos traería de vuelta a casa, y un viaje más largo de la cuenta porque paraba el tío cada dos por tres a fumar y/o mear, que las próstatas están chungas parece ser. Y a las cuatro de la mañana llegué a casa.
Ha sido un viaje genial con una compañía genial. He aprendido que las tildes en checo significa que hay que alargar la letra a lo Agáta= Agaaata, he aprendido también que las G en checho se convierten en H, a lo Praga= Praha y, sobre todo, he aprendido que SÍ se dice ANO.

Además, he aprendido que los problemas del mundo exterior (oséase lo escuchado en las noticias en concreto estos días, y siempre en general) se relativizan mucho cuando una está fuera; se relativizan cuando una no escucha la televisión de casa y, en parte, se agradece. No significa que no esté enterada de lo que está pasando, o que estemos aquí como en una pompa pero, significa que una se informa y no hace falta empaparse de todo lo malo. Que hay que elegir de qué empaparse.

He aprendido o quizás más bien comprendido la esencia de algunas amistades que casi sin avisar llegan, se instalan y se quedan ahí, y te hacen sentir tal felicidad. El reencontrarme con Vojta y con Agáta, allí, el reencontrarnos y sólo reír y disfrutar. Que pensé hace un mes que tardaría tanto en volver a verlos y casi sin darme cuenta ahí estábamos, reencontrándonos y volviendo a decirnos adiós.  Me he sentido inmensamente feliz de volverlos a ver. Ha sido genial.



1 comentario:

  1. Me han llegado rumores de que comentas que ya nadie lee tu blog asi que he aqui mi comment para desmentirlo. La berdat es que poco a poco vas definiendo tu estilillo bloguil, jraciosillo con toques melosos y expresiones prestadas como "he de decir". He de decir que me he partido de risa con este post. En especial con lo del reloj astronomico que visteis en internet (es como si dices que has estado en la luna, copon), con el viaje de ida con esos sosos; y en especial me ha gustado lo del trenecito repartebirras. Me imagino que se escapa el ultimo vagon; un vagon errante repartiendo feicidad y cervezas por el mundo.

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