miércoles, 15 de abril de 2015

Balcan trip I- BeoBeo

Escribo esto desde el salón de nuestro hostel. Y queridos lectores, ese pronombre posesivo deberíamos tomarlo más al pie de la letra que nunca porque ayer, charlando con la mujer encargada del hostel, nos dijo que hoy estaría muy ocupada y que, ya que les parecíamos buena gente, nos dejaría las llaves del hostel para que campáramos a nuestras anchas. Así que esta mañana salimos, apagamos luces y cerramos con llave la puerta de Indigo, el hostel cuya puerta hemos vuelto a abrir como quien vuelve a casa hace un rato tras nuestro duro día de turistas en Belgrado. 

He de confesar que eso de usar el adjetivo duro para describir un día de turismo con Pablo, Marco y MJ en la capital de Serbia, es discutible.

Pero antes que nada situémonos; volví de mi viaje en la República Checa y apenas estuve dos días en Ljubljana sin excesivo meneo. En esos días, postcheca-prepadres, tocó decir adiós a Giada. Si algo ha caracterizado mi amistad con la italiana de eterna sonrisa durante mi estancia erasmus, ha sido cuánto nos hemos reído; ya podíamos estar de fiesta, tomando un café, haciendo uso de nuestro amado studentskiboni, en clase o en la agridulce biblioteca durante largos días de duro estudio que siempre, siempre, y no sé aún muy bien cómo, bastaba con hablar dos minutos con Giada para estar ambas riéndonos a carcajadas. Recuerdo cuando la conocimos en Bled, nuestra primera excursión que hicimos cuando MJ y yo aún ni si quiera teníamos un piso propio en el que dormir y recuerdo que, aunque hablamos ese día poco, pensé que parecía buena gente. Y digo que si lo era. Hasta el último día estuvimos riendo. La fiesta de despedida, con tartas, fotos, algún que otro chupito y bailes, bailes como si no hubiera un mañana, y para no desentonar en esta tan divertida amistad con Giada, fue más de risas que de lágrimas. 

Al día siguiente llegaron mis padres con sus insaciables ganas de hacer turismo e intentar al máximo convertirse en ciudadanos eslovenos pateándose Ljubljana como Pedro se patea su casa. Y Plitvice, Zagreb, cuevas, Piran, Bled otra vez. Y así, con mucho turismo familiar y alguna visitilla nocturna al Irish pub, pasó la semana pasada, que terminó con un adiós a mis padres en la puerta de mi casa y un desearnos buen viaje mutuamente. Ellos, hacia Málaga. Yo, hacia Belgrado. 

La primera etapa de nuestra Balcan trip se desarrolla en Serbia. He de reconocer antes de que se siga desarrollando el viaje con las diferentes paradas en los distintos países, que antes de partir tuve que mirarme el mapa para saber (más o menos, que tampoco es que ahora esté cien por cien segura de hallarme donde me hallo) por dónde pasaría esta semana. 

Nuestras dos primeras noches han sido en Belgrado. Empecé a escribir esto desde nuestro hostel pero por circunstancias de la vida, tuve que sacrificar el blog para cenar unos exquisitos macarrones con tomate así que sigo escribiendo y ahora desde el coche. Nuestro siguiente destino, Sarajevo.

Conforme nos alejábamos de tierras eslovenas y nos adentrábamos en una croacia cercana a Serbia, fuimos dejando atrás las montañas, riachuelos y pueblecitos rodeados de verde para encontrarnos en rectas carreteras sin una sola colina alrededor, árboles a lo lejos y escasas señales de vida.

Paramos para comer en una estación de servicio croata. Hacía frío y llovía un poco, así que hicimos uso del salchichón de MJ y la exquisita chistorra sentados en el suelo bajo un techo sin nadie a la vista. Entramos en lo que ponía Restaurante a tomar el cafelito. Y creo que ese fue el cafelito más oscuro de mi vida. Y no por su color, ni por la poca luz del sitio. Sino por lo turbio y tenebroso del lugar. Dos bocadillos en la vitrina y ni rastro de lo que pudiesen ser los chefs del restaurante. Éramos los únicos allí, en medio de la nada, con un camarero en traje de chaqueta y con lo que era, estamos seguros, una cicatriz de bala en el cuello. 

Nos tomamos un café por el que casi nos cobra un ojo de la cara pero no protestamos porque, quién sabe, igual entonces nos cobrase literalmente el ojo de la cara. 
Proseguimos nuestro camino dirección Belgrado con el consiguiente y excitante cruce de frontera escuchando A horse with no name y al cabo de unos kilómetros llegamos a nuestro destino.




Debido a que ya todas las señales comenzaban a estar escritas en cirílico, a que Belgrado es una gran ciudad y debido también a nuestra ciega fe en el GPS, nos perdimos un poco. Llegamos a lo que se suponía era nuestro céntrico hostel, en las afueras, a través de una carretera medio levantada, donde había que ir evitando boquetes en la carretera, sin líneas pintadas y con los conductores serbios pitando sin parar, chispeando y allí no había hostel. Para salir de esa callejuela teníamos tres opciones: dos de ellas eran calles prohibidas, y la otra estaba ocupada por un socavón que la hacía intransitable. Por lo que tuvimos que recorrer un par de callejuelas prohibidas para salir de allí pero no hubo problema; los serbios conducen como les sale del alma. Metiéndose en el carril contrario, sin usar intermitentes, pitando sin más. 


(Marco y MJ en ese momento mostrando felicidad total ante nuestra completa pérdida en las afueras de Belgrado.)

Así que redireccionamos como pudimos nuestro GPS y al cabo de un rato llegamos al centro de Beogrado. Ciudad Blanca es el significado de Beogrado, y es una ciudad de contrastes. Nuestra hostelera nos recomendó muchos sitios de interés turístico y social, y esa noche nos zampamos un rico cevapcici. El cevapcici es una comida consistente en varias salchichas de carne metidas en un pan de pita, con cebolla cruda y (a veces) una salsa de pimiento-Ajvar. Para no desentonar y ser lo más típicos posible nos lo cenamos en un bar mientras veíamos a Djokovic jugar.


Algo que debéis saber de todas la ciudades que hemos visitado durante nuestra Balkan trip es que, a diferencia de España, se puede fumar en los bares. A priori este dato es un dato sin más pero, cuando reciclas y reciclas ropa empapada en humo de tabaco, acaba siendo bastante asqueroso.



Al día siguiente, estuvimos haciendo intenso turismo por la ciudad. Si ya en Praga conocí al peor guía del mundo, en Beogrado conocimos al mejor. Un chaval llamado Zejlko que hablaba sin parar y por el que teniamos casi que respirar los demás; Zejlko incluso nos invitó a un chupito de Rakija, el típico licor serbio y también nos dio a probar Ajvar, una especie de crema hecha de pimientos (estos balcanes comen mucho pimiento) y que estaba buena tela. Finalizamos nuestro tour con un gran y merecido aplauso, y seguimos de turismo por nuestra cuenta. Tanto los serbios como los bosnios comen carne sin parar. Vas andando por las calles y huele a carne que alimenta.



Visitamos alguna iglesia, una gran fortaleza que ha vivido más de cuarenta ataques a lo largo de la historia, y todo tipo de edificios. Belgrado es la única ciudad europea irrigada por dos grandes rios; por una parte, el rio Sava, que también abastece de agua a nuestra querida Eslovenia (Richard lo sabe mejor que yo) y a Croacia, y el Gran Danubio, nuestro ya amigo al que conocimos en Budapest.



Esa noche, y haciendo caso a los consejos de Zejlko, fuimos a vivir en primera persona lo que es una Kafana; música en directo, un grupo tocando música serbia (acordeones, guitarrillas y canturreos) en un barecillo, moviéndose de mesa en mesa y al que la gente de las mesas les va dando dinero según les vaya gustando cada vez más; más rakija, más dinero, más animada la música. Según nos contaron, suele pasar que la música lleva al baile (nivel uno), el baile lleva al baile encima de las mesas (nivel dos), y éste último lleva a borracheras bajo las mesas y elementos más avanzados (nivel tres). A ese punto no llegamos nosotros, nos quedamos en la fase del baile. Y nos fuimos a dormir como troncos gracias al rakija maldito.



Y esa fue nuestra segunda noche en nuestro hostel de Belgrado. Al día siguiente, visitaríamos el museo de Tesla como fan números uno de él que somos, y pondríamos rumbo a Sarajevo.



Antes de abandonar Beogrado, nos tomamos el primer burek de la excursión. Creo que ya os hablé una vez del burek, esta especie de empanada que puede estar rellena de queso, carne, espinacas o patatas. Ya lo descubrí en Ljubljana pero Marco ha venido a esta excursion por burek reasons, y tras probar esa exquisitez, empecé a comprenderle.


2 comentarios:

  1. Varias cosillas, muy peliculeros pensando en la cicatriz de vuestro primer camarero, igual sólo era una operación quirúrjica,qué mal rollo!. Otra cosa, pensaba que lo de fumar en los sitios era igual por toda Europa, seguro que os sorprendería, no?.Y el GPS está muy bien pero tela cómo se pierde uno! . Veo que disfrutasteis de todo lo típico incluído ver a Djocovik y ser fans de Tesla, !qué científicos, macho!

    ResponderEliminar
  2. Jajaja, doy fe de que eres fan de tesla. Aún recuerdo las incontables noches que nos hemos acostado a las tantas de tanto charlar de tesla, buscar información en internet sobre tesla, leer libros de tesla, analizar con lápiz y papel teorías de tesla, incluso cocinar alguna receta con tesla frita.

    Lo del ojo de la cara muy jracioso. Cuidadín en los balcanes que no se andan con chikitas para pagar sus deudas.

    ResponderEliminar