Esa noche bien podría haber dormido en una cama de clavos que no me habría dado cuenta. El cansancio era máximo y el descanso igualmente lo fue. Aunque lo que sí que fueron máximas son las agujetas del día siguiente; creo que ese día descubrí la existencia de nuevos músculos en mi cuerpo existentes. En el cerebro, en el alma, hasta en los músculos del interior de mi oído creo que tuve agujetas.
Y ese día, y siguiendo con el programa de los Juegos de Mayo, era la carrera para subir al castillo. Ese día comeríamos con Felix, a quién no veía desde aquella fiesta en Gregor’s House en febrero en la que él se debatía entre la pota y el llanto. Y unos días antes de reencontrarnos en Ljubljana, yo le había advertido de que se trajese las zapatillas de correr, pues nos esperaba una carrera popular en la ciudad cuando llegase.
Así que como promotora, y aunque mis fueros internos me dictasen lo contrario, no podía rajarme. Andaba como si un palo atravesándome el cuerpo de arriba abajo tuviese, y bajar las escaleras de casa era toda una aventura. Hacía paradas entre escalón y escalón y mis abdominales (que pensaba yo ya que no tenía de esos) me recordaban su existencia cada vez que me reía de algo. Ese día, pues, estuvimos comiendo en una pizzería. Ingeriendo hidratos y proteínas o qué sé yo, todo aquello que fuera a ayudarnos a hacer un mínimo de ejercicio.
Como hermana e hija de atletas que soy, y como si de una maratón se tratase lo que iba a correr (que concretamente fueron 2,5km), fui a comprarme plátanos y chocolate; potasio y azúcares para satisfacer mis elevadas necesidades atléticas. Por supuesto, y como en cada previa de cada carrera que en mi vida he corrido (y que en mi vida correré), pregunté a mi míster acerca de las posibilidades de llegar a la meta con vida. A lo que me contestó: “subir, subirás casi sin problemas si calientas bien. Para bajar… ya te las apañarás”.
Así que minutos más tarde de esa comida y de descansar un poco ahí estábamos, los valientes agujetosos montañistas Marco, Pablo y yo acompañados de Felix, calentando junto con un par de miles de eslovenos a cada cual más atleta que el anterior en Prešeren Trg. Mis búsquedas de señoras mayores obligada de cada calentamiento carreril fueron infructuosas; era una carrera de estudiantes, como todo en estos juegos de mayo.
Yo sólo quería obtener la camiseta de recompensa, y la cosa no fue tan mal. En mitad de la subida había un estrechamiento en que había que pasar por un estrecho camino de una persona de cabida, en donde se produjo un tapón. Tapón que me vino de perilla para descansar, coger aire y charlar con Clemen, ese amigo incondicional de Jurij que también corría la carrera con su novia, a la que aprovechó para presentarme entre sudores y lágrimas.
Y llegamos, y conseguimos camiseta.
(de dcha a izda: Pablo, Felix, Marco, yo.)
La bajada, tal y como Migue me advirtió, fue más dura que la subida. Intenté bajar de lado, bajar hacia atrás, toda técnica probé. Y a cada paso que daba mis músculos me dolían más. Afortunadamente, abajo nos esperaban MJ y Weronika con un genial avituallamiento postcarreril que supo a gloria. Y esa noche la cama y yo fuimos un solo ser.
Esta semana que escribo, queridos lectores, podríamos definirla como una erasmus-week o algo así; oséase, un literal no parar. Situémosnos; el domingo llegábamos de Grintovec, y el lunes había sido la carrera.
El martes había una exhibición de skaters en Rožna a la que asistí por el hecho de pasar un rato con jugando a las cartas en el césped de la residencia. Tras echarnos unas partiditas al culo y tras fichar a Marina para que se viniese a dormir a casa, nos fuimos a descansar. El miércoles, Agáta llegaba a Ljubljana con un macuto cargado de cervezas checas y chocolatinas de diversos tipos. Comenzaban el miércoles los días lluviosos, y terminaban los Juegos de Mayo. Para dar cierre a éstos, habría unos conciertillos en Bežigrad a los que iríamos dijimos, si no llovía. Quedamos en casa para tomar algo antes, y Jurij y Nejc hicieron lo mismo, invitaron a un par de amigos y, sin darnos cuenta ahí estábamos todos, escuchando a Jurij al violín y Nejc a la guitarra, tomando unas cervezas mientras que afuera llovía y nosotros… nosotros ni caso.
Pero llegó el momento de abandonar la casa (en el interior no podemos hacer demasiada fiesta que digamos… que los vecinos esos del primero llaman y amenazan con llamar a la policija incluso estando seis personas jugando a las cartas…) y la lluvia no nos importó. Había quién llevaba paraguas, había quién llevaba chubasquero con capucha… y había quien no llevaba ni una cosa, ni la otra (oséase, pongamos un ejemplo al azar, yo). Y esa noche llovió a mares. Y fue una de las mejores fiestas en las que he estado jamás. Escuchamos a tres grupos cantar, bailamos y saltamos como si no hubiera un mañana.
El nivel de mojadez era el mismo que habríamos tenido si nos hubiésemos metido en la ducha con la ropa puesta. Si no lo creen, pregúntenle a mi teléfono móvil, que aún tiene una onda de agua en su interior que decora inofensivamente la pantalla.


Bueno bueno bueno yeah yeah maracuyea, aquí vuelvo a las andadas de comentar el blog, que entre pompis y pompiduses no tengo tiempo pa ná...
ResponderEliminarEste post me ha parecido muy gracioso, pero lo que más me ha sorprendido ha sido la lírica que empapa ciertos párrafos, esos hipérbaton desconcertantes, anáforas, metáforas, digno de un examen de selectividad. Lo que más me intriga es cierto desliz en el antepenúltimo párrafo, un vestigio de una frase que has escrito y luego has borrado, pero malamente: "... [pasé] un rato con jugando a las cartas...". Con quien? ¿¿CON QUIEN?? Dios, qué intrigante.
Me kedan solo dos posts por comentar. Kizas estarás triste por tu pronta vuelta. Pero no te preocupes, aquí hay algunas cosas buenas que te esperan. Por ejemplo: el ACUAPARK!! :)