lunes, 20 de abril de 2015

Balkan trip V- Zadar.

Nuestro viaje por los Balcanes llegaba a su fin. Apenas nos quedaba un día antes de pasar la última noche fuera de casa, y al día siguiente tocaría volver a Ljubljana-patria querida. Salimos de Trebinje los cinco en el coche con dirección a Croacia. La ruta en coche por la costa es muy muy bonita; vas bordeando las montañas junto al azul verdoso mar lleno de islas, muchas curvas y… muchos coches también. Camino muy bonito pero cansado, para qué nos vamos a engañar. 

Ese día hicimos parada en Split, ciudad en la que Alberto ya había estado, por lo que se convirtió en nuestro guía. Hicimos un poco de turismo y usamos las kunas que nos quedaban (de algo de lo que no he hablado durante estos posts ha sido de la cantidad de monedas diferentes que hemos ido usando; en Serbia, Dinars, en Bosnia, marcos convertibles o KM, que nó Kilómetros, en Montenegro Euro, y en Croacia, Kunas) para comernos un trozo de pizza o similar sentaditos en un banco en el paseo marítimo. Allí, y mientras que MJ y yo éramos un poco devoradas por la nostalgia porque el ambiente de ese momento se parecía mucho a cualquier ratito de paseo por el muelle uno en Málaga, se nos acercó un chaval a hacernos magia. Unas cartitas y unas moneditas, y fuimos, según nos dijo, sus primeros oyentes en la calle.

Proseguimos nuestro viaje hacia Zadar, donde pasaríamos nuestra última noche. La pernoctación la habíamos dejado en manos de Alberto, que ya había dormido allí una noche, y había llamado por teléfono a Vladimir, un chavea que nos albergaría en su casa por siete eurillos por noche. Creíamos que sabíamos llegar pero no fue así; estando cerca, tuvo Alberto que llamar a Vladimir, estudiante de económicas de 28 años, para que viniese a por nosotros. Dormiríamos en el mismo edificio que él, su madre y su hermana.
Era un gran caserón cuya planta de arriba la tenía para alquilar; en una parte, estuvimos nosotros cinco en dos habitaciones, y había otras tantas para otros muchos inquilinos más. Esa noche, Vladimir nos dio una botella de vino casero y dos productos más; una especie de bizcocho muy rico, y otra especie de bizcocho de pipas tampoco nada mal. Y con este piscolabis, nos fuimos con él a dar una vuelta por Zadar a la nuite.

El mayor interés de Zadar es su Órgano del Mar; un instrumento junto al mar, en unos bloques de mármol, que produce sonidos por las olas y a través de unos tubos-agujeros que asoman por esas rocas. Y es tremendamente genial. Suena fuerte, bonito, y según Vladimir nos contó, por las mañanas esa zona se llena de gente que va allí a hacer yoga o a meditar.

(No va a parar nunca... y toca bien además.)

Tras dar un paseíto con Vladi, y tras convencernos de que nos quedásemos a comer al día siguiente en su casa porque iba a hacer una barbacoa, nos fuimos a dormir. No sin antes, mandarle una foto-clave a Marina en la que aparecíamos los cuatro (MJ, Pablo, Marco, yo) y en la que detrás, como un espontáneo más, aparecía Alberto de paseo. Por si se daba cuenta… (que no.)

Y el amanecer en Zadar fue de lo más relajante; tetito, galletas, ducha, y paseíto al mar… que lo teníamos a cinco minutos andando. Polako, Polako… (cosa que nos enseñaron Bartek y Lauren, y que viene a ser algo así como… tranquilidad tronco… o como… Shuiya, Shuiya…)



La casa de Vladimir no estaba en Zadar-Zadar, sino en un pueblecito al lado de lo más tranquilo; casas grandes de colores, barquitos de vela, olor a las flores del campo… y a la sal del mar. Alberto se pescó un par de mejillones que probó a comerse y… a eso de la una, aún no había ambiente de barbacoa ancáVladi. Y es que las barbacoas para Vladimir eran algo del día a día; nos dijo, el hacía barbacoa un par de veces por semana. Cocinó para nosotros unas chuletas y unas alitas, Alberto se cocinó un par de pescados que se había comprado en la misma parrilla y, con el regalo de un exquisito puré de patatas de su madre- que nos dejaba para irse al cementerio, y un pan de esos que sienta que te rilas, nos dejó a nosotros de barbacoa en la terraza. Y él se fue a la universidad.

Y ahí nos quedamos, de siesta al sol. De siesta, o de Fiaca, como los croatas les llaman a la siesta. Disfrutando de nuestro último rato en Croacia… que un país que tiene una palabra para referirse al acto de la siesta es, cuanto menos, genial.

Y al rato empaquetamos… nos montamos en el coche y pusimos rumbo a una Ljubljana a la que llegamos tras ver un precioso atardecer desde el coche… y que nos recibió (como siempre, como sólo sabe hacerlo...) con una cálida bienvenida. Ya se había acabado el viaje… y ya había llegado la primavera a la ciudad.


1 comentario:

  1. Bueno, yo me acabo de despertar de mi fiaca, y nada más ver el vídeo de Organo del Mar, he juzgado conveniente escribirte una advertencia: ¡cuidado en el futuro cuando veas este video! Es el típico video buenrroyil que cuando vuelvas de tu Erasmus te hará llorar como una magdalena picando cebolla.

    Hecha esta aseveración, me gustaría destacar que me gusta eso de Polako, Polako; intentaré incorporarlo a mi vocabulario junto a expresiones como Shuiya, Shuiya o Shanti, Shanti. También me ha gustado la foto de tú y Pablo encaramados a una estructura que tiene toda la pinta de haber visto tiempos mejores, y que parece que se desmoronará en cualquier momento. Qué valientes, macho.

    Bueno, por fin en Ljubjalabavafana o como se llame... ya era hora, me alegro de que el viaje se acabase, porque con tantas ciudades de nombres raros, y tantas divisas diferentes, ya me estaba entrando una envidia no-sana que te rilas. Ala, a estudiar.

    ResponderEliminar