domingo, 19 de abril de 2015

Balkan trip III- Mostar & Kotor.

Al día siguiente, y para continuar con nuestro turismo bosnio, pusimos rumbo a Mostar. En nuestro camino paramos en Blagaj, un pueblecito donde visitamos un templo musulmán junto al cristalino rio Bruna, y en el que había que entrar descalzos y MJ y yo tuvimos que ponernos un velo para poder visitarlo. 

Mostar, más pequeña que Sarajevo y más al sur que ésta, también sufrió bastante durante la guerra. No soy muy buena en temas históricos por lo que me salto las descripciones que puedan surgir, pero recomiendo leer acerca de ello porque es bastante interesante. 

En Mostar ya no hacía nada de frio. Temperatura media, lo que conlleva que el hostel tuviese la calefacción ya desactivada y lo que acarrea un frío pelón nocturno en la habitación-nevera que ni el cuarto de Migue en Tahivilla en invierno. 

Mostar es su puente. Callejuelas empedradas llenas de tiendecitas con productos típicos, mezquitas, iglesias, y edificios destrozados por la guerra. 



En Mostar, y para ayudar a los tránsitos intestinales de los presentes, no ingerimos carne típica sino que nos cenamos una gigantesca ensalada. El desayuno del hostel estaba incluido, así que medio por nuestro espíritu gorrón, medio por nuestras vengativas almas debido al frio pelón que pasamos durante esa noche en la habitación, arrasamos la cocina por la mañana. Desayuno incluido consistente en: llegar a la cocina y comer todo lo que y cuanto quieras. Una nevera repleta de yogures, mermeladas y leche nos esperaba, junto a cereales, café, té, y hasta pan del día. Desayunamos como si de la única comida del día se tratase, y nos marchamos.

En el hostel de Mostar, estuvimos hablando con el chaval que allí trabajaba y con su novia. Les comentamos nuestras intenciones de visitar Trebinje en un par de días, una ciudad bosnia en la que dormiríamos el día que visitásemos Dubrovnik (en Croacia) y, para nuestro asombro, el muchacho mostró una increíble excitación, pues él era de Trebinje, y nos recomendó que fuésemos al hostel Polako.

Esa mañana, dejaríamos Bosnia para poner rumbo a nuestro siguiente destino: Kotor, en Montenegro. En nuestro camino a Kotor, paramos en Trebinje, ya que nos pillaba de camino, para reservar en el hostel Polako. No sabíamos la dirección pero, tras preguntar a varias personas (algunas no sabían de qué hostel les hablábamos), lo localizamos y MJ entró a reservar. A la salida, le pregunté que qué tal pinta tenía y su contestación fue "muy buena, hay un chaval que desde luego parece polaco".

A decir verdad, de pocas de las ciudades que visitamos en nuestra balkan trip tenía idea de antebraso; pero sin duda, Kotor fue una de las mayores (y mejores) sorpresas. Según wikipedia, que me ayuda de vez en cuando a la hora de escribir estos relatos, Kotor es declarada por su belleza excepcional Patrimonio de la Humanidad. No sé muy bien eso qué significa- qué acarrea (probablemente yo por lo subjetivo de mis pensamientos también proclamaría a Ljubljana como Patrimonio de la Humanidad, y a Tahivilla, qué se yo, o a Teatinos), pero suena muy bien.

La llegada a Kotor, escuchando mi nueva canción favorita eslovena (Mi Plesemo), adentrándonos en un fiordo con muchísimas montañas y pueblecitos creciendo en las laderas, fue de lo más emocionante. Y allí nos esperaba lo que -hasta entonces- me pareció el mejor hostel de la excursión, el Hostel Montenegro. El muchacho de la recepción, un chavea moreno y flacucho, no paraba de charlar. Nos dio algunas instrucciones de la ciudad y de cómo movernos al día siguiente y, tras nuestra primera vueltecita por el pueblo, para mi gusto muy muy bonito (muy recomendable), muy acogedor, con callecitas de piedra preciosas y, quizás bastante turístico pero perfecto para las fechas en que estuvimos, sin demasiada gente, nos cocinó sopa de pasta. 

Oséase, una sopa sabor avecrén con macarrones flotando pero que, qué rica. Él se comió tres platos y, tras esto, y mientras nosotros seguíamos haciéndole un favorcillo a nuestros intestinos con otra súper ensalada, no paraba de deambular de un lado para otro del hostel haciendo ruidos guturales, con la mano en el estómago y explicándonos que se había pasado con la cena. 

Tras esto, puso música de maquineo, que no sé yo a qué estómago podría eso venir bien, y al cabo de un rato y mucha charla, nos fuimos a dormir.

Amanecimos en Montenegro muy temprano, pues queríamos visitar la fortaleza, y antes de las ocho de la mañana seguía siendo gratis y, minutos después, amaneció el muchacho de la recepción. Con su misma sonrisa y esa hiperactividad matutina, nos cocinó un café a lo turco (como lo beben por todos estos países, y que, debido a su oscuridad, también favorece los tránsitos intestinales) que nos bebimos con ganas y nos dispusimos a visitar el super fuerte de la ciudad.




Caminata matutina, sigue subiendo, sigue subiendo, y aunque sudando, llegamos a la cima, aún sin turistas, desde la que se veían unas vistas geniales de toda la zona. La noche anterior, el muchacho del hostel nos había regalado un huevo de pascua a cada uno, un huevo cocido, pero a mí, aún teniéndolo un poco abierto, se me había olvidado comérmelo. Y me había invadido el apuro, y lo tuve escondido toda la noche en la habitación del hostel, para que el muchacho no se pensase que no me había gustado su regalo. Así que allí, en la cima, hicimos entrega a la santa naturaleza del huevo de pascua. Y con esto, dimos pie a la bajada, que concluyó en encontrarnos con muchos guiris pagando para tener que hacer lo que media hora antes habíamos hecho nosotros for free. 

Así que aún más felices si puede, cogimos nuestros macutos, y nos metimos en el coche de nuevo con destino más sol; Dubrovnik.

2 comentarios:

  1. Jajajaaja

    Lo del huevo escondido no puede ser más típico. Yo de pequeño, en 1º de primaria, tuve un trozo de bocadillo TRES MESES en mi mochila, porque no me lo comí un día en el recreo y luego me dio vergüenza sacarlo.

    También es digno de mención lo del montenegrino hiperactivo que le dolía la barriga y se recorría el hotel haciendo sonidos guturales y luego se puso música pastillera y a la mañana siguiente se desayunó un buen café negro. No le auguro muchos años de vida al chaval.

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  2. El camino Trebinje-Kotor lo hice en bici (en sentido contrario) el 24 de abril. Kotor muy turístico, con mucho coche, pero las montañas son bonitas y Trebinje me gustó! Os hizo buen tiempo? A mí no me dejó de llover en todo el día!

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