Habíamos quedado en que a las 8.10 Gianmarco me recogería al lado de casa al volante de su coche, y Pasquale y Pablo de tripulantes. Eran las 8 de la mañana y Pasquale (que comparte habitación en Rozna con Gianmarco) aún no había dado señales de vida. Cuando me monté en el coche, en el que sólo estaba Gianmarco por el momento, le pregunté que qué tal estaba, a lo que contestó: angry. Una de las características del acento italiano hablando inglés, es que no pronuncian la hache; por lo que para ellos las palabras hungry y angry se pronuncian de una forma muy parecida. Ya que en lo que es el significado no se parecen demasiado, empleé los segundo siguientes en preguntarle a Gianmarco que si lo que tenía era hambre o enfado, que si era hambre yo tenía galletas y palitos salados que encantadísima compartiría con él. Pero él se encargó de explicarme que lo que tenía, precisamente, no era hambre.
Así que tras recogerme y comprar la vigneta de turno en la gasolinera para poder circular por las autopistas eslovenas, fuimos a Rozna donde recogeríamos a Pablo y a un somnoliento y constipado Pasquale.
Metíamos las mochilas en el coche, así como la guitarra robada-prestada de Ale, cuando Gianmarco preguntó que si todos teníamos el pasaporte con nosotros. Como era de esperar, a alguien se le debía olvidar. Y ese alguien no era ninguno de ellos tres, con posibilidad aún estando en Rozna de subir a sus cuartos y cogerlo, sino yo. Así que mientras Pablo y Pasquale hacían un poco de compra- salami, pan, patatas fritas, yatusabe, Gianmarco me llevaba en coche a casa para que cogiese mi documento de identidad. Cuando volvíamos dirección recoger a los de la compra, le pregunté a Gianmarco que qué tal, a lo que contestó: still angry. Decidí no volver a preguntarle si lo que estaba era aún enfadado o con hambre, pues había pasado muy poco rato como para que su estado físico hubiera pasado del enfado al hambre.
En cuestión de unos minutos, ya estábamos los cuatro en el coche dirección Croacia. Con buena selección musical (si algo caracteriza a estos napolitanos es su exquisito gusto musical; y el culinario, por supuesto), con niveles de enfado bajando en picado y niveles de hambre en aumento.
Al cabo de un rato de viaje, llegamos a la frontera esloveno-croata. No sé por qué, pero el paso de fronteras siempre es motivo de excitación interna. Siempre que estamos aproximándonos me empiezo a cuestionar si no llevamos algún cadáver en el maletero sin darnos cuenta, me pregunto si alguno de nosotros no es algún buscado terrorista y aún no lo sabe. Yo qué sé.
Alguna que otra anécdota fronteril hemos tenido; desde aquella que Pablo se pasó sin parar el coche hace tiempo volviendo a Eslovenia (también desde Croacia), en la que el policía tuvo que salir de su casetilla y correr haciendo aspavientos detrás nuestra para que nos parásemos, o aquella que cruzamos para entrar en Serbia desde Croacia, en la que el policía preguntó a Marco que a dónde íbamos, y él se quedó unos largos segundos haciendo gestos faciales y gesticulando sin saber decirle a dónde íbamos, bloqueado, como diciendo, a donde usted quiera, señor policía, a donde usted me diga iremos, y al que tuvimos que acabar diciéndoselo el resto, Belgrade, Marco, Belgrade! O hasta esta última que cruzamos, en la que nos pararon retirados de la casetilla, nos hicieron bajar del coche y nos preguntaron y explicaron;
Iban a abrirnos el maletero, e iban a venir los perros (para ese entonces yo ya planeaba volver a estar dentro del coche, que seguro que ese tipo de perros furiosos en busca de drogas/cadáveres encontraría algo en mis inocentes y vacíos bolsillos, y yo no soy demasiado amante de los perros furiosos), si encontraban algo, lo que quiera que fuese, iríamos a la cárcel croata, y la multa sería de cuatro mil euros. Nos preguntaron que si llevábamos medicinas de algún tipo, a lo cual el único en contestar fue el pobre alérgico de Gianmarco, cargado de antihistamínicos, y lo que me hizo pensar en que ni siquiera me había acordado de coger un simple Ibuprofeno, por lo que debería tener cuidado con las noches de desenfreno. Así mismo, nos preguntarnos por nuestros hábitos tóxicos en las últimas veinticuatro horas y si llevábamos algún tipo de droga o estupefaciente, a lo cual el único en contestar fue Pasquale, (fumador desde que tiene trece años) que llevaba una paquete de cigarros que tuvo que abrir y enseñar al policía. Y también preguntaron por nuestros hábitos tóxicos a lo largo de nuestra vida; have you ever…? Tras esto, y con el miedo en el cuerpo de que en mi mochila hubiese empezado a crecer una plantación de marihuana favorecida por las condiciones climáticas del coche de Gianmarco o yo qué sé qué, esperamos dentro del coche a que viniesen los furiosos perros.
Convencidos estábamos (quizás sobretodo Pablo y yo) de que nos habían parado por la procedencia napolitana de Gianmarco y Pasquale (que ya se sabe que estos no se andan con chiquitas en lo que a la mafia se refiere), así como por las gafas de sol y la barba de no se sabe cuántos días de Pasquale (con respecto a lo cual él mismo nos explicó que los miembros de la mafia han de ir totalmente afeitados). Estuvimos esperando un buen rato en el coche, hasta que finalmente vino el mismo policía, sin perros y sin nada, y nos dejó avanzar con nuestra súper plantación de marihuana en el maletero sin más problema.
Nuestro objetivo ese día era ir a la isla de Cres, para lo cual teníamos que coger un ferry cuya frecuencia era de un viaje cada dos horas aproximadamente. Llegamos al punto de partida del barco, y lo vimos marcharse cuando estábamos llegando. Creo que en ese momento no fui la única en pensar en los perros furiosos que nunca llegaron en la frontera, en mi pasaporte olvidado o en el desaparecido matutino Pasquale. Pero para ese entonces ya el enfado era completamente inexistente y el hambre llamaba a nuestros estómagos con ímpetu. Así que decidimos invertir nuestras dos horas de espera en la playita (de pedruscos, que aún no he visitado ni una playa de arena, lo siento Ricardo), comiendo nuestros bocadillos de salami con patatas, tocando un poco la guitarra (en ese entonces, sólo Pasquale y Gianmarco la tocaban, cosa que cambiaría a lo largo que avanzase el viaje) y tratando de escalar las rocas costeras como buena escaladorapiedrora que soy.
Así que hicimos nuestro viaje en ferry, y comenzamos la búsqueda del lago en la isla; habíamos visto en google maps un lago con muy buena pinta (descubrimientos Gianmarquiles, la persona más amante de los lagos que podáis imaginar) al que pondríamos rumbo, con nuestros estómagos saciados, un sol resplandeciendo en el cielo y el momento descapotable que ello conllevaba. Que el coche de Gianmarco es descapotable y esa carreterilla por la isla de Cres era la idónea para quitar el capote. Muy divertido el viaje al viento, y muy divertido el peinarme después también. Parecía que al fin y al cabo el viaje comenzaba a ser exitoso.
Parecía. Porque llegamos al ansiado lago y parecía ser que sólo había dos carreterillas por las que alcanzar su orilla. Parecía ser. Porque lo intentamos y ambas estaban prohibidas. Por una de ellas llegamos a unas casitas en las que un hombre hablando en italiano (que en toda esta zona de Croacia todo el mundo habla italiano, pues antes era terreno de Italia) y con no muy buenas pulgas nos dijo que no, que no había forma de que llegásemos al lago, que nos diésemos la vuelta y nos marchásemos.
Así que tras el triste aborto del plan lago, pusimos rumbo a lo que en google maps nos parecía como una playita virgen a la que llegaríamos a través de un caminito y la que alcanzaríamos tras andar un poco por el campo porque no era posible llegar hasta ella. Pero visto y comprobado estaba que ese no era nuestro día. El camino era un camino de piedras, pedruscos, peñascos, que difícilmente el coche de Gianmarco podía transitar. Pero lo conseguimos, y andamos por entre los pinos, y llegamos a la playa. Una playa llena de basura, toda la orilla asquerosa, el agua con cosas flotando, la basura del mar que aprovechando una especie de bahía o golfo o yo que sé qué se acumulaba toda allí.
Tristes nos quedamos. A partir de ahí, el día sólo podía ir a mejor. A la ola brava hay que romperla de frente, no sé quién lo decía, pero así es. Cargados de optimismo proseguimos hacia Losinj y Mali Losinj, en otra islita a la que accedimos a través de un súper mini puente, y en donde llenos de paz y felicidad presenciamos un bonito atardecer junto al limpio y bonito mar.
(de dcha a izda, Gianmarco, Pablo, Pasquale, yo.)
Y así fue; todo fue a mejor. Dormíamos en la ciudad de Cres esa noche. Es llegar al apartamento y ver a Gianmarco y Pasquale investigar en cada rincón de la cocina para ver con qué instrumental contábamos. En toda mi estancia erasmus, he probado comida de diversos cocineros (italianos, también españoles), pero nunca nada procedente de Pasquale. Podría decir que no me convalidarían el erasmus hasta que no hubiese probado al menos uno de sus platos. Pasquale es famoso en Ljubljana por varias de sus aficiones. Y una de ellas es la cocina. Todo el mundo lo ha de experimentar alguna vez, todo el mundo te lo recomendará alguna vez, todo el mundo ha de disfrutarlo. Y él lo disfruta el que más.
Así que esa noche sí que sí mi erasmus tomó sentido completo, al catar el exquisito pastel de espaguetis que cocinó con la ayuda de Gianmarco. Tras unos bailes y tras tocar ahora sí todos la guitarra, nos fuimos a dormir.
Aquí vuelvo a la senda de los comentarios, después de unas semanas ajetreadas.
ResponderEliminarLo mejor sin duda ha sido el tema de cruzar la frontera. Con la astucia narrativa que te caracteriza, al final el lector no sabe si realmente llevabais una plantación de marihuana en el maletero o no. Je. Je. Je.
También quiero aprovechar este comment para informarte de que la sensación de "hambre" y "enfado" no son tan lejanas fisiolojicamente como dices. En mi caso, el hambre suele provocar hastío y enfado; y para apaciguarme cuando me enfado, una buena ingesta de leche condensada es suficiente.